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Crónicas Industriales I





Aún no dan las 6 de la mañana, pero la oscuridad promete partir en cualquier momento. Los olores salen junto al vapor que emana de los puestos de comida que comienzan a poblar las banquetas. Por ahí camina la clase obrera, sus pasos rápidos e imparables recuerdan que por cada minuto tarde, su salario es mermado significativamente. “¡Prensa obrera!”, se escucha en una plaza afuera de la estación del metro. Detrás de aquella voz, pareciera resumirse una larga historia de lucha de clases. En algún momento, en cada salida del metro, las voces se multiplican: “¡sobre la farsa burguesa de la cuarta transformación! ¡Las trabajadoras de Yakima en Estados Unidos nos están dando una lección de lucha!”. De una de las calles que rodean la plaza, llega un trabajador de corta edad y con un cubreboca de calavera. Se sienta en una agrietada banca de concreto y descansa por un rato. Su mirada coincide por momentos con la de la persona que grita. Después de unos minutos pregunta: “¿me puedes mostrar uno?”, al recibir la prensa, sus ojos parecen abrirse aún más, “¿tienes otros?”, tiene hambre, otro tipo de hambre. “Trabajo en una fábrica de colchones, acabo de salir, trabajé toda la noche, ¿se ve en mis ojos?”. Tiene los ojos muy rojos. Poco a poco su confianza va cediendo. “La semana pasada un compañero se fue antes de terminar su turno, dicen que tenía Covid… no ha venido en toda la semana”. Después de aquella charla, se quedó un rato más leyendo en la banca. El sol comenzó a mostrar los detalles de los rostros que llegan y se van a la hora del cambio de turno; el rostro de los imprescindibles, de quienes algún día harán justicia.


















Crónica de una deriva nocturna a través de flores

Imagen: Sin título, de la serie "Distópolis". Autor Israel Meneses Vélez.

La noche se desgastaba con las horas húmedas por el alcohol y por una charla que prometía morir en cualquier momento. Así sucedió, la mayoría de los invitados se acostaron en las recámaras desocupadas. Fuimos tres los sobrevivientes que trago a trago absorbieron sus nostalgias mudas y secretas. Lo demás fue el monótono bla-bla-bla que se confundía con la música, el humo de los cigarros y otros tragos más. Mi mente se encontraba unas horas atrás, cuando llegamos a la casa. De entre las cosas que yo cargaba, un ramo de rosas que alguno de mis amigos compró a nuestras compañeras, me  humedecía las manos. En la esquina de Orozco y Berra y Buenavista, siluetas de meretrices se movían en la oscuridad bajo el ritmo de la concupiscencia. Al acercarnos fue natural el impulso de dirigirme a ellas y ofrecerles una flor. Me miraron sorprendidas, un pequeño destello de inocencia asaltó la mirada de quien estiró primero la mano; las demás, se alejaron un poco, sólo estábamos ella y yo. Le pregunté su nombre, me dijo Todas. Le deseé suerte para esa noche y me despedí estrechando su mano. Al alejarme, un grito rompió la suavidad del murmullo nocturno: “¡ahora te quiero más!”, me reí del piropo y llegué a la esquina contraria, en donde me esperaban los amigos. Ese momento se había quedado en mi mente, había sorteado las horas, la charla, la música. Una que otra pregunta dirigida hacia mí, me devolvía a un presente deformado por los excesos. De pronto, todo fue un vertiginoso ir y venir en el tiempo; extenuado por la ansiedad, cambié la plática con un repentino “me gustó haber ofrecido esa flor”. Mis amigos se quedaron sorprendidos por un momento, y después de compartir tibiamente la emoción conmigo, se abrió paso a una atmósfera dionisiaca. No recuerdo si la música paró, o si alguien bajó el volumen, pero aquella frase: “¡vamos a ofrecerles flores a las prostitutas!”, devoró al silencio. Contagiados por el mismo sentir, salimos cargando las flores como si estuvieran escurriendo deseos aún no cumplidos.


     En la primera esquina esperaba una chica que todavía llevaba consigo a su pasado, a aquel hombre que alguna vez fue, su gran estatura y su gruesa voz así lo confirmaron. Cuando le ofrecimos la flor, tardó en reaccionar; su rostro completamente perturbado nos demostró lo frágil que suele ser la cotidianidad. Seguimos caminando, doblamos a la derecha por Puente de Alvarado hasta que encontramos a un grupo numeroso de meretrices que nos rodearon al vernos juntos y jóvenes. Antes de que nuestro cometido se confundiera con una noche de lujuria, sacamos varias flores y las repartimos como si fueran pan caliente. Después de las risas, los abrazos y las bromas, continuamos nuestro camino como misioneros noctívagos en un abismo. La mejor forma para no perderse en la ciudad es caminar sin tener un lugar a dónde llegar. Nuestro mapa eran las sombras a lo lejos, nuestro móvil las flores. En cada esquina una flor fue sembrada en manos vacías, o en algunos casos, manos que cargaban la desolación encarnada en una estopa humedecida en thiner. A pesar de todo, las sonrisas iluminaron intermitentemente las oscuras calles de mi ciudad. En otras circunstancias aquellas calles parecían la boca de la perdición, pocas personas las cruzan y peor aún en las madrugadas; en otras circunstancias somos otros, pero esta vez fuimos lo otro, el abono que cada noche alimenta las raíces de una ciudad fantasma, desvelada mi ciudad. Las flores se fueron agotando así como la oscuridad que lentamente comenzó a despintarse. Detrás de nosotros las calles parecían haber cambiado de piel, el pavimento se cubrió de pétalos y la resaca comenzó a florecer en nosotros, recordando que en cualquier momento seríamos los mismos. Al llegar a mi casa nos despedimos, ellos se fueron a las suyas, pero cada uno sabía que en nuestras propias almohadas nos esperaba una flor impacientemente.

Tierra fértil, clima y otras cosas.


Así surgen los milagros. Es una conjunción de elementos propicios: tierra fértil, clima y otras cosas. La historia es cada vez más conocida, más contada cuando llegan los meses de marzo y abril; más reproducida cuando el intersticio entre el suelo y el cielo de la ciudad de México se tiñe de colores violáceos.



Los gobiernos posrevolucionarios a partir de Álvaro Obregón, se encargaron de moldear no sólo al incipiente Estado, sino también la idea del “mexicano”: el ciudadano mestizo y moderno a la vez. La ciudad de México fue parte de ello. Si bien, el pasado prehispánico fue oculto pero imborrable, y el colonial evidente; la ciudad de aquellos años fue reinventada en aras de una promesa llamada modernidad: surgen mercados públicos, centros escolares, las primeras viviendas obreras. Si Nueva York ya pintaba como una de las ciudades más “modernas” del mundo, porqué no la ciudad de México. Digo que pintaba, para referirme también al efecto ocasionado por la floración del cerezo en primavera en aquella ciudad; especie que había sido introducida como una muestra de amistad entre el gobierno japonés y el norteamericano a principios del siglo XX. Comenzando la tercera década de ese mismo siglo, el entonces presidente de México, Pascual Ortiz Rubio, también le solicitó al gobierno japonés una donación de dicha especie. De haberse realizado tal cual, el resultado hubiera sido un rotundo y costoso fracaso. Sin embargo, y he aquí lo valioso de esta historia. El gobierno nipón encargó a Tatsugoro Matsumoto, un emigrante japonés residido en México, especializado en lo que ahora se conoce como “arquitectura de paisaje”, que determinara si esa especie era factible para el clima de esta ciudad. No fue así, pero aquella negativa, tenía implícito algo positivo. Tatsugoro llevaba algún tiempo tratando una planta originaria de Manaus, Brasil, llamada Jacaranda Mimosifolia. Su propuesta fue sustituir los cerezos por aquella especie. El desenlace de esta historia es evidente y se puede ver en cualquier rincón de esta ciudad, así como en otras al interior del país. 


Camino la ciudad y no dejo de sorprenderme. Estos suelos fueron propicios para la reproducción de esa especie al grado de que hoy se considera como nativa. Mientras continuo caminando, pienso en que si bien no crecí en esta ciudad, ahora ya me siento parte de ella. Me crie en el Estado de México, tan cerca y tan lejos. Recuerdo que cuando entré al bachillerato, fue mi primer contacto urbano; varias veces me equivoqué de “micro” y así fui perdiendo el miedo, un miedo que resulta natural cuando se vislumbra el verdadero tamaño de esta ciudad. En ese tiempo hice amigos que me enseñaron que la ciudad es un perro que ladra y no siempre muerde. Sin embargo, fue cuando entré a la universidad, que el mundo urbano me abrió sus puertas. Primero la huelga: los “boteos” en el metro por estaciones en donde jamás me había parado en la vida; y con ella llegó esa desdichada libertad, como la llamara José Revueltas en “Los días terrenales”.
La ciudad se convirtió en una amante que fui conociendo lentamente. Fue por amor que conocí Lindavista en las noches, para llegar casi de madrugada a casa en Tlalnepantla, y sentir que venía desde lejos. Por amor caminé La Lagunilla buscando películas, discos de blues y ropa usada. Conocí Santo Domingo, el hambre y las fondas oaxaqueñas. Enorme amor me llevó a Mixcoac, Alfonso XIII y Molino de Rosas. Me llevó de la mano por avenida Texcoco, pero también por las calles de la Roma, especialmente Tabasco. Lo reencontré en  la Condesa y el metro Patriotismo; pero también lo perdí dolorosamente en la Juárez. Le sonreí en la Narvarte, nos conocimos en la San Miguel Chapultepec y nos despedimos en San Francisco Culhuacán. Descansamos en Tepeyac Insurgentes y bailamos en Aragón. En fin, cada rincón de la ciudad lo he caminado tomado de su mano, de la ciudad. Me detengo un poco, respiro y pienso que cada recuerdo es una semilla mimosofolia que me fue plantada. Tierra fértil, clima y otras cosas- me digo. En mi corazón existe un bosque de jacarandas; por otra parte, quizá yo también forme parte de un bosque.





Rosa glucoso

Más de un mes del sismo y la ciudad aparenta recuperarse. Un taxista y un barman me decían lo mismo: “la ciudad estuvo triste, apenas está saliendo la gente”. Todavía es común que haya personas que continúan escuchando la alarma sísmica y otras que sienten a cada instante que tiembla, por lo que no dejan de mirar lámparas, semáforos y otras cosas que indican que la tierra se mueve.

Un trauma a escala urbana requiere tratamientos de la misma magnitud.

Llegó el día de muertos, y más allá de los tópicos de una cultura que honra a la muerte y que festeja en torno a ella; se hacen evidentes algunas cosas. Una de ellas es el uso del espacio urbano, eso que si ningún criterio se le ha denominado como “espacio público”. Una sociedad que no hace uso de esos espacios, evidencia conformidad y enajenación, a fin de cuentas una vulnerabilidad brutal de ser engañada a costa de su propia ignorancia doméstica. La calle es una escuela, a través de ella se aprende a hablar, a interactuar entre personas y animales, a sobrevivir y también, a vivir.

Durante el sismo, la gente salió a las calles, hizo suya la ciudad; pero el desgaste, la cotidianidad “productiva” y el estrés postraumático, hicieron mella en la vida de los habitantes de la ciudad. Sin embargo, y he aquí lo interesante, la ciudad resiste, tiene su propia cura. Basta un pretexto para salir de nuevo a la calle, para recordar que ella es la medicina de sus propios males. Y así ocurrió el último fin de semana de octubre. Los creyentes de San Judas, los urgidos de disfraces para el día de muertos y los curiosos, recuperaron las calles, salieron de sus temporales escondites para demostrar que la ciudad no se rinde porque un rayo caiga dos veces en ella.


“No me doy abasto” me decía un vendedor de algodón de azúcar, mientras giraba el palillo de madera con el que hacía sus paletas. Mientras tanto, el aire soplaba y repartía algodón a los paseantes, generando una coreografía urbana en el que el viento y los brincos de las personas queriendo alcanzar los hilos azucarados, hacían el mejor de los espectáculos gratuitos. No sólo los niños se emocionaban al tomar las pequeñas nubes glucosas en sus manos, los adultos también lo hacían, totalmente liberados de los prejuicios que la cotidianidad impone. Y así, la alegría apareció de entre las grietas, los algodones de azúcar decoraron de rosa el paseo de La Reforma, mientras que del otro lado de la torre del caballito, los rostros paradójicos de San Judas, lo hacían con su vernácula extravagancia. Ese día, una parte de la ciudad no se dio abasto. Así lo recuerdo, así lo registré.








Fotografías y texto por Israel Meneses Vélez.

La cicatrices de la ciudad

En el sismo del 19 de septiembre de 1985, yo tenía seis años. Acababa de salir de bañarme cuando la casa empezó a moverse; mi madre me gritaba desde el otro lado del pasillo, debajo de una puerta, y cubriendo a mi hermana menor, me decía: “¡vente para acá, con nosotras!”, y yo, completamente sorprendido, mas no asustado le respondía: “¡los truenos, los truenos!”. No sabía qué era un temblor, ni siquiera conocía el concepto. La casa no tuvo mayores desperfectos, más que unas pequeñas grietas que se formaron en las paredes. Días después, recuerdo que pasamos por el centro de la ciudad y mis padres sorprendidos decían en cada momento: “¡mira, ahí estaba tal cosa, ahí tal otra…!”. Fue ya mayor, cuando entendí las ausencias y los recuerdos que dejó ese sismo. Recuerdo que alguna vez cuando buscaba departamento para rentar, me metí a un edificio inclinado en demasía, allá por la Avenida Chapultepec; su gran inclinación me dio vértigo y por supuesto que no me quedé ahí. Curiosamente, el departamento que decidí rentar, también tenía una ligera inclinación, ocasionada por el edificio de junto, allá en la colonia Buenavista, junto a la Guerrero.
Durante mis múltiples caminatas por las calles de la ciudad, empecé a comprender los estragos de aquel temblor. Miraba estacionamientos y ya deducía que habían sido edificios que colapsaron aquella mañana de septiembre. Sin embargo, también observé grietas que quedaron como una cicatriz urbana, como un recuerdo de la tragedia en la piel de la ciudad. El edificio en el que ahora vivo, tiene una grieta en un cuarto de servicio, ocasionada por ese sismo, y aprendí a vivir con ella, a tener memoria a través de ella.






Las grietas al igual que las cicatrices, pueden llegar a formar parte o característica principal del rostro de la ciudad, como aquella marca que le ha dado identidad al rostro del actor Roberto Sosa. En nuestros propios cuerpos cargamos cicatrices, recuerdos; aquella marca de una vacuna en el brazo, o la de una hernia operada en el vientre, quizá la que provocó el quitar un tatuaje en la espalda. Algunas cicatrices son borradas con cremas especiales, otras se niegan a desaparecer y nos resignamos a vivir con ellas. Esas marcas hablan de un dolor que hubo, pero también de que puede ser superado, y en efecto, su manifestación conlleva un recuerdo. Qué sucedería si el cuerpo no tuviera marcas que nos recordaran del peligro de un cuchillo o del fuego; quizá lo olvidaríamos y por lo mismo sería más recurrente estar en peligro.





Tras este último sismo de septiembre de 2017, cuya oscura coincidencia nos volvió a advertir del peligro latente de los temblores, camino la ciudad y busco las cicatrices, las observo y me duelo con mi ciudad; pero también diviso una resiliencia de grandes proporciones. Una grieta es la representación de la memoria urbana y paradójicamente, en su interior no sólo habita el recuerdo, sino también atisbos del futuro. Las nuevas generaciones verán a través de ellas, y se transportarán en el tiempo, verán el pasado de la ciudad, pero también el redescubrimiento de la autogestión y la importancia de la organización independiente al Estado, que ha demostrado no estar a la altura de sus ciudadanos.






Si bien, algunas grietas serán borradas, otras se convertirán en bocas, a través de las cuales la ciudad nos hablará y nos contará su propia historia. 





Texto y fotografías por Israel Meneses Vélez.

El pulmón de Bucareli

La ciudad respira, tiene un ritmo constante que suele ser transformado al pasar de los años, se adapta a nuevas circunstancias, se niega a sucumbir. Una ciudad sin ritmo es un parque temático, una maqueta a escala urbana. Es decir, lo que le da ritmo son las personas que la habitan, esas que en su vida cotidiana, en su movimiento continuo la alimentan, le brindan el combustible necesario para su funcionamiento.
Para Siegfried Kracauer, son los actos aparentemente más diminutos de las personas los que mejor hablan de los procesos históricos:

“El lugar que una época ocupa en el proceso histórico puede determinarse más acertadamente a partir del análisis de sus expresiones superficiales insignificantes que a partir de los juicios que la época realiza sobre sí misma […] En virtud de su carácter inconsciente, aquellas proporcionan un acceso inmediato al contenido fundamental de lo existente."[i]

Las expresiones y los comportamientos de las personas en las ciudades habla de muchas cosas: de sus carencias, sus expectativas, sus necesidades. Si se toma en consideración el ritmo que tiene cada ciudad y en particular la Ciudad de México, por ejemplo: la mañana y el caos que se hace en las zonas escolares, el caos en el metro por la cantidad de personas que entran a las escuelas y los trabajos; después de eso hay un pequeño descanso, la ciudad exhala; llega el medio día, las tortillerías comienzan a registrar filas de compradores; las dos de la tarde, las fonditas se llenan de comensales oficinistas, los Fast Food trabajan al doble… y así, la vida cotidiana muestra su continuo respirar, sus momentos de calma y los contrarios.

La noche no es la excepción porque la ciudad no duerme. Ya sea un domingo o un miércoles, la ciudad aspira a los desdichados por igual. Se dice que quien busca, encuentra; sin embargo a veces creo que es la ciudad la que nos encuentra.
Hay sobre la Avenida Bucareli, entre Atenas y Morelos, un territorio que da cabida a los desdichados, esos que llegaron a buscar trabajo a la ciudad y en el mejor de los casos encontraron uno temporal, pero no un lugar inmediato para pernoctar. De esos territorios que buscan los que no quieren que termine la noche y sus estimulaciones.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

Entramos a uno que apenas informaba que era un restaurante bar. La atención fue inmediata, no tuvimos que llamar a nadie. Una mesera nos preguntó que cuántas queríamos, le pedimos dos. Más tardamos en acomodar nuestras cosas que en ver dos “caguamas” bien frías en la mesa junto unos vasos de vidrio.
Una rocola junto a un refrigerador nos invitaba a poner música, y no sólo eso, también contaba con un micrófono para el karaoke. Yo me quedé en mi mesa, por lo general lo del karaoke lo dejo para cuando me encuentro más “desinhibido”.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

A pesar de que el lugar se encontraba casi vacío, había gente que entraba, se tomaba un par de cervezas y después se salía como a retar a la ciudad. Recordé una frase de Los Ex - hombres, novela de Gorki que dice: “La pesada puerta de la taberna en que me hallaba sentado ante Orlof se abría a cada instante, y al hacerlo, exhalaba pequeños gritos que se hubieran llamado voluptuosos. Y en el interior de la taberna evocaba la visión de una inmensa boca que, lentamente pero de un modo cierto, íbase tragando a los desgraciados.”

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

Las horas pasaron y me paré a cantar. En realidad lo disfruto mucho. De pronto una mesera que también lo disfruta, me dedicó una canción. Son múltiples las fisuras de la desdicha, cuando menos se piensa, uno ya está del otro lado.
Pero el tiempo es implacable. Cada uno de los feligreses de este extraño lugar comenzaron a quedarse dormidos. Llegué a pensar que en realidad a eso iban, a distraer a la miseria, a la lluvia de afuera.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

Eran como las cinco y media de la mañana cuando decidimos salir y explorar la zona. Nos dirigimos a la calle Artículo 123, que a esa hora, es la que mayor movimiento tiene, debido a que es ahí donde los voceadores se reparten los periódicos que acaban de salir de las imprentas. Si bien, unas horas antes esta calle luce una aparente tranquilidad aterradora, a esta hora se convierte en un pequeño pueblo donde todos se conocen y se saludan. La atmósfera se torna amable y los aromas comienzan a seducir al hambre matutina.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

El día comenzaba a clarear. La gente desayunaba dispuesta a enfrentarse con la barriga llena al día. Decidimos meternos a tomar la última cerveza a un lugar llamado “La chelería de Barrio”, que al contrario de todos los lugares que han adoptado el rótulo “De Barrio”, ésta es verdadera. Eran las siete de la mañana. El lugar estaba abierto, recientemente limpiado: la loseta de los pisos brillaba y el acomodo de las sillas era casi perfecto, nadie se había sentado. Pedimos una “caguama” y nos dirigimos a una sala que se encontraba al fondo. Pensamos que quizá ahí habría gente. Cuando cruzamos el umbral, nos dimos cuenta de que sólo había una persona ocupando una mesa. Al mirar su rostro, lo reconocimos, el señor había estado unas horas antes en el mismo lugar donde nosotros nos encontrábamos. Lo saludamos con cierto gusto y familiaridad. Platicamos con él alrededor de hora y media. Había sido futbolista y juraba haber sido mejor que Hugo Sánchez. Se vio obligado a retirarse tempranamente de ese deporte por una lesión en la pierna. Ahora era taxista, y conocía casi todos los rincones de la ciudad. Las horas hicieron estragos en nosotros, y nuestros rostros comenzaron a mostrar sus verdades. Nos despedimos de aquel personaje y salimos de nuevo a la calle.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.

De nuevo en Bucareli. Nos despedimos. Crucé caminando Reforma y me dirigí a la antigua calle de las Artes pensando en el respirar de mi ciudad, en la paradójica idea de que esos lugares que visitamos son un pulmón necesario e incomprendido.

Fotografía: Israel Meneses Vélez.



[i] Cfr. Buchenhorst, Ralph y Vedda, Miguel (Comp.), Observaciones urbanas: Walter Benjamin y las nuevas ciudades, Editorial Gorla, Buenos Aires, 2008, p. 86.

La vida debajo de los cables.


El tianguis de las torres y su contexto inmediato es una muestra de la capacidad que tienen los seres humanos para sobrevivir en escenarios desfavorables. Se encuentra sobre la avenida Eje 6 Sur o Avenida de las Torres en la delegación Iztapalapa y debe su nombre porque se encuentra en la “zona de seguridad” que se ha restringido al paso no tan sólo humano, sino también a cualquier tipo de follaje alto que pueda en algún momento dañar el cableado eléctrico que cargan las torres. Son ya conocidas aquellas imágenes en el bosque por ejemplo, en donde un ancho camino es “rasurado” para que pasen las torres. Sin embargo lo que sucede en esta zona es muy singular. El camino de las torres representa un terreno vacío en medio de la avenida. A falta de espacios que promuevan la integración, los vecinos de esta zona se han apropiado de estos espacios yermos, aún cuando el peligro de estar debajo de cables de alta tensión es evidente.

Fotografía: Israel Meneses V.

Fotografía: Israel Meneses V.

Todos los domingos se pone el tianguis. El sonido de los “marchantes” y los vendedores de “chácharas” es acompañado y a veces reducido por el sonido de la electricidad que llevan los cables justo arriba de las personas. Apenas en el 2012 se inauguró muy cerca el parque “Santa Cruz Meyehualco”, sin embargo aún así no se ha dado solución a la falta de eso que tanto se ha conceptuado como “espacio público”.

Fotografía: Israel Meneses V.


Esta zona además, es famosa por los asaltos a la luz del día: “recuerdo que iba con mi madre y veíamos cómo los rateros abrían los coches con toda naturalidad y posteriormente se atravesaban la avenida y se escondían en la colonia Vicente Guerrero…” me dice mi amigo mientras caminamos en esa zona, pero ya vacía, ya sin el tianguis. Dimos un rápido paseo. Las huellas del tianguis se veían en el suelo terroso e infértil. Un acetato roto, un balón ponchado, corcholatas de refresco y cerveza, etc.

Fotografía: Israel Meneses V.

Fotografía: Israel Meneses V.


Nos arriesgamos a dar un paseo por la colonia “Renovación”, aledaña a este terreno y vimos una escena surrealista: cada casa es una bodega de reciclaje, se pueden ver montañas de antiguos televisores, de monitores de computadora, etc. Esos montículos a veces obstruyen las calles y hay que hacer movimientos intrépidos en auto para sortearlos, porque sí, ahí nos metimos en auto. “Mi hermano siempre me decía que abriera bien los ojos, por cualquier cosa”, me recuerda una amiga cuando hablamos de los peligros cotidianos en la zona.

Después de dar una vuelta en auto, volvimos a regresar al espacio donde se pone el tianguis y tomamos las últimas fotos. Nos despedimos de aquel lugar, sorprendidos por la capacidad de sobrevivencia que tenemos, aún cuando la incapacidad, la ignorancia y la violencia del Estado dibujan los escenarios más adversos.

Fotografía: Israel Meneses V.

La modelo de la calle Orozco y Berra.


     Dimos vuelta a la izquierda, lo sentía necesario. La calle tenía un color ocre, desgastado, y de las ramas de los árboles brotaba la tristeza. Una chica sentada sobre la banqueta, reía y seducía a un hombre que mostraba una evidente y desesperada erección. Ellos dejaron sus juegos al vernos, nosotros apresuramos el paso. Al mirar hacia el horizonte descubrí el motivo que me había enviado a ese lugar. Si bien, tengo una mermada vista que a veces me engaña, esta ocasión me mostró una escena que quizá, había estado buscando. La miré sentada elegantemente sobre un sillón, aspirando desde una estopa las ilusiones robadas, que en intervalos desconocidos recargaba sobre su corazón. Me paré frente ella, le pregunté su nombre, platicamos un poco y aspiré esta fotografía

Escenas efímeras sobre la Avenida Hidalgo


Agarré la bici. Como muchas veces no sabía qué rumbo tomar, así que la suerte se la dediqué a una chica de vestido que pasó frente a mí. Continué mi andar tomando al instinto como volante. Cuánta melancolía y fascinación cabe en las antiguas calles, en edificios derrumbados y fachadas derruidas. Me interné en la parte no turística del centro histórico, esa que huele a charco de orines bajo el sol, esa que las voces y los gritos de los vendedores ambulantes parecen transformar en grutas ralas de colores, plásticos, maniquíes de cuerpos que no tendremos, y osos de peluche. Seguí andando casi inconsciente. La bici me permite enamorarme de las cosas que olvido. Esta vez no lo encontraba, doblé en una esquina, luego en la otra. Qué buscaba. Me incomodó mi propia desazón. Decidí regresar y esconderme en casa. Regresé casi en línea recta, no quise distracciones. Avenida Hidalgo, Puente de Alvarado, pensaba en todos aquellos cuerpos en descomposición que hicieron inhabitable la ciudad con la conquista. El sol caía sobre mi rostro, todo lo que mis ojos percibían eran brillos, reflejos, un espejismo. Un resplandor dorado llamó mi atención. Bajé la velocidad. Se oyó ese exquisito sonido que produce una lata de cerveza al abrirse. Así deberían escucharse los botones de las blusas y los pantalones. Una trabajadora sexual de cabellos rubios bailaba lentamente al ritmo de la brisa urbana; un hombre viejo y con facha de poeta maldito, le abría una cerveza que presumía ser fría. Ella sonrió maléficamente y la recibió. Los dos brindaron. Juro que no me detuve, pero tuve tiempo de ver ese ritual. Quise regresar y brindar por ellos con mis estúpidos puños vacíos. Pero un imán me traía para acá, me obligó a escribir estas líneas para quitarle el tiempo a alguien. “La belleza de las cosas consiste en que dejen de ser”, decía Kerouac. Esta escena, se fue.

Descubrimiento en la Lagunilla.


Ya era muy tarde como para estar ahí. La policía acababa de entrar a la colonia. Tal y como es costumbre, una cadena de hombres armados y protegidos con escudos y esos trajes que recuerdan a RoboCop, empezó a caminar y amedrentar a los jóvenes que aún se encontraban ahí. Desde lejos los miramos. Estábamos en la banqueta junto a una montaña recién formada de basura que los visitantes y los tianguistas dejan los domingos. La noche transpiraba melancolía. Decidimos partir, el miedo de estar en un barrio que no era nuestro, barrio además conocido por lo bravo de su gente nos impuso un ralo respeto. Nos levantamos. Yo quería algo más, no recuerdo si fue por el pretexto de comprar un cigarro, o quizá otra cosa, me dirigí hacia una puerta que se encontraba abierta. Al acercarme, noté que detrás de ella existía un pequeño paraíso de luces parpadeantes, antiguos acetatos colgados en los muros y otras reliquias. Pregunté por eso que no recuerdo a un hombre maduro, cuyo parecido a Daniel Jonhston me asombró. Aquella pregunta fue tan inverosímil como la respuesta: “¿vas a querer cerveza?”. No me negué, hay momentos en los que siempre quiero. Inmediatamente puso música High-Energy y el lugar pareció haberse inundado de luciérnagas. Miré a mis espaldas y dos chicas, las cuales todavía recuerdo, entraron a aquella habitación bailando con tal sensualidad, que mi rostro dibujó la más estúpida de sus sonrisas. El dueño del lugar también les ofreció cerveza, y ellas también aceptaron. Fue toda una locura cuando aquel tipo llegó bailando amaneradamente con las cervezas en lo alto. Tenía una extraña apariencia de pensador griego, aún cuando le hacía falta su guirnalda. Su rostro irradiaba belleza, esa belleza que los abuelos irradian cuando se les visita. Seguimos bailando al mismo tiempo que conocíamos aquel lugar. Los arquitectos son incapaces de saber que en una habitación de 30 metros cuadrados puede caber toda la magia del mundo. Los arquitectos son pendejos. Con cada canción, la habitación mutaba, quizá por las luces que parpadeaban al ritmo de la música, por la sonrisa de aquel hombre o el baile de las chicas. Me detuve un momento. Mis ojos se dirigieron a la puerta. Una de ellas se movía voluptuosamente debajo del umbral. En ese momento su cuerpo mutó al de una diosa en las puertas del infierno. Me dirigí a ella poseído y le dije: “En este momento has adormecido a todas las huestes de la melancolía, quisiera fotografiarte pero no traigo cámara.”. “¡Uy qué mal!”, me dijo. Inmediatamente contesté: “no importa, te haré un poema”. Sonrió asombrada y me dio un abrazo ante la sorpresa de su novio, quien se hallaba atado a la ebria y amistosa plática de mi acompañante. Después de un rato nos fuimos en silencio, con la extraña sensación de haber conocido el interior del corazón de un hombre. Reí, como arquitecto, no sé de lo que hablo.