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Vivienda, mujer y revolución




En el libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”, Federico Engels, hace un profundo análisis de la sociedad desde su origen y explica cómo es que el surgimiento de la propiedad privada está ligado con las formas en que un sector de la sociedad domina a otro, siendo estas formas siempre violentas, por lo cual debe recurrir a un destacamento de hombres armados que garanticen ese régimen de propiedad, a ello se le ha denominado Estado. La propiedad privada no sólo provocó el surgimiento de esta institución represiva, sino también otra más pequeña, pero igual de violenta: la familia. Es decir, para garantizar la continuidad de ese grupo dominante, fue necesario heredar la propiedad que lo fundamentaba, eso se hizo a través de una célula económica más pequeña, tomando el lazo sanguíneo como el medio de transmisión de esa propiedad. El rol de la mujer fue entonces el de la crianza de los herederos. La familia es pues, en esencia, un órgano de represión a la mujer. Si se continua el análisis de la sociedad desde una perspectiva marxista, se podrán vislumbrar las diversas formas que ha tenido esta institución en los distintos estadios históricos, los cuales se distinguen unos de otros por la forma en que la sociedad produce sus medios de subsistencia, a lo que Marx llamó como “modo de producción”, definiendo así el modo de producción esclavista, el feudalista, el capitalista y como último el socialista para llegar a una sociedad sin clases sociales, es decir sin Estado: el Comunismo.

Si bien, la familia en el capitalismo continua con el mismo papel de proteger y traspasar la propiedad privada de una generación a otra, la forma de asegurar que los herederos pertenecen a un linaje en particular se hizo imponiendo la monogamia a través de la institucionalización del matrimonio, con ello la mujer misma pasó a ser propiedad del hombre, y no sólo eso, sino que también se institucionalizó la “heterosexualidad”. Si bien, la mujer vive una opresión constante, en una sociedad dividida en clases sociales, una mujer trabajadora vive una doble opresión, si es indígena una triple, si es negra una más, inmigrante otra más y así se abre el abanico de opresiones que vive.  Al haberse institucionalizado la sexualidad, los gays, lesbianas, trans, etc, también viven diversas opresiones porque son en sí mismas antagónicas a la familia burguesa.

El espacio en donde se desarrolla la vida familiar es el doméstico. Ahí se obliga a la mujer a realizar las tareas que garanticen la continuidad de su papel de criar a los herederos de la propiedad privada. Con el trabajo doméstico se reduce a la mujer al estatus de esclava moderna. Al ser la familia el elemento base de opresión de la mujer, el marxismo revolucionario plantea la desaparición de dicha institución. Para ello, expone los elementos característicos de esta opresión: el matrimonio, el trabajo doméstico y la crianza de los hijos. Luchar contra ello plantea su antítesis: la unión libre, la socialización del trabajo doméstico, y la integración de la mujer a las tareas de la producción social y de la esfera pública, para que con ello salga del espacio doméstico y se libere de esas tareas que no le son naturales, sino impuestas desde el surgimiento de la propiedad privada. Trotsky declaraba al respecto que si las labores como el lavado las hiciera una lavandería pública, el de la alimentación fuera realizado por restaurantes públicos, etc., y así las labores domésticas se socializaran, “el lazo entre marido y mujer sería liberado de todo factor externo y accidental”. Despojando a la familia de sus funciones sociales dejaría de tener sentido su existencia y en su lugar quedarían individuos autónomos, libres e iguales para “elegir a sus compañeros sobre la base del amor y el respeto mutuo”.

Si en el capitalismo la existencia de la familia es crucial para su continuidad, en el socialismo es la extinción de la familia lo fundamental para la emancipación de mujeres y hombres en conjunto, y la extinción del estado, el grado superior que daría paso a un nuevo episodio histórico: el comunismo. Se entiende entonces que el modo de producción socialista, es decir el de la socialización de los medios de producción y una economía planificada, se deberá ir transformando de un órgano defensor del orden de propiedad colectivo a un órgano meramente administrativo hasta que resulte inútil su existencia. Ello supone que para que el socialismo exista, tiene que basarse en una economía mundial, ya que esa economía planificada deberá operar en la riqueza material, por lo tanto, entre más regiones se integren a esta economía, más riqueza habrá y mejor funcionará dicho modo de producción, el capitalismo se basa en ello.

Esto es la teoría, la forma y el tiempo depende de las complejidades que la realidad presente. El intento más importante al respecto, y que a pesar de no haber llegado a concluirse dejó una basta enseñanza, fue la revolución rusa de 1917. Tras la victoria de los bolcheviques y la formación de un estado obrero para defender el nuevo orden de propiedad colectivo, se escribió la constitución y los códigos civiles más avanzados hasta la fecha, en los que se reconocía, por ejemplo, por primera vez el derecho de las mujeres a divorciarse si ellas lo pedían; se reconocía a los homosexuales como sujetos con los mismos derechos que todos los ciudadanos; se abolió la ilegitimidad de los hijos fuera del matrimonio; se prohibió la adopción con la intención de que el Estado se hiciera cargo del cuidado de los niños; se prohibió que el matrimonio creara propiedad compartida entre los cónyuges, para preservar a la mujer el control total de sus ingresos, al integrarla a las actividades productivas, públicas, culturales y políticas. Tras el estallido de la guerra civil, el retroceso que implicó la NEP (Nueva Política Económica) y la posterior degeneración burocrática del joven estado obrero, que finalizó con la renuncia a la revolución socialista mundial y la formulación de una teoría deforme que afirmaba construir el socialismo en un solo país, se echaron abajo varias ganancias en cuestión de derechos civiles, orillando a la sociedad a renunciar a la lucha por la extinción de la familia.

Como bien se sabe, la deformación burocrática del estado soviético terminó con purgas masivas de los viejos dirigentes del Partido Bolchevique y la expulsión de la U.R.S.S. de quien había sido líder junto con Lenin de la revolución obrera: León Trotsky. El VII Congreso de la Internacional, celebrado en 1935 fue crucial para definir la política a seguir de los Partidos Comunistas en el mundo. Esta política subordinó los procesos revolucionarios particulares de cada país, a la política de la burocracia estalinista. Con el crecimiento del fascismo, y tras la renuncia de la revolución socialista mundial, Stalin impuso una nueva política, que era organizar amplios frentes que frenaran el ascenso fascista y nazi. Ello obligó a llevar a cabo políticas de colaboración de clases entre obreros y burgueses “progresistas”, y con ello la subordinación de los intereses de la clase obrera en nombre de un interés “común”: la paz. La historia no perdonó aquel error, y es quizá el caso de España, uno de los más trágicos (no el único) a recordar, cuando la clase obrera pudo haber tomado el poder, pero su subordinación a la táctica del Frente Popular abrió la puerta a Franco después de la guerra civil.

La política a seguir de los Partidos Comunistas en Latinoamérica fue así la de integrar Frentes Populares Antiimperialistas. En el caso de México, el Partido Comunista salió de la clandestinidad durante el gobierno de Lázaro Cárdenas. Al principio, el PCM (Partido Comunista de México) tuvo una actitud crítica a Cárdenas; sin embargo, tras las resoluciones del VII Congreso de la Internacional, el PCM dio un giro de 180° y dio todo su apoyo al gobierno con el pretexto de que éste encabezaba la lucha contra el imperialismo. Si bien, el régimen de Cárdenas tenía un discurso “social” y aprovechó una oportunidad histórica que le brindó el umbral de una guerra mundial, expropiando la industria petrolera, no fue, de ninguna manera un gobierno “socialista”. Al integrar al movimiento obrero a la estructura orgánica del estado, Lázaro Cárdenas condenó a la clase obrera a una subordinación tal, que aún en la actualidad se pueden ver sus estragos, por ejemplo, el que no haya habido una huelga general (de varios sectores industriales) desde ese periodo presidencial hasta la fecha. A esta incorporación se le llama corporativismo, y fue inspirado en la Carta del Lavoro que implementara Mussolini en 1927 en Italia.

Pues bien, al pertenecer al PCM, los arquitectos de la Unión de Arquitectos Socialistas como Enrique Yáñez, Alberto T. Arai, Raúl Cacho, Enrique Guerrero y Balbino Hernández tenían la obligación de apoyar y promover la política de su partido. Inspirados por la primera generación de arquitectos funcionalistas radicales como Juan Legarreta (muerto en un accidente carretero en 1934) y Juan O’Gorman (más inclinado a Trotsky que al PCM), este grupo de arquitectos tuvo una genuina motivación profesional por solucionar los problemas básicos que planteaba un país en construcción después de un episodio revolucionario, atrasado industrialmente y semicolonial. Al ser la vivienda una consigna democrática constante en las luchas obreras, este grupo de arquitectos proyectó una ciudad obrera en 1938. Lo interesante de ello, es que el contexto económico-social en el que está planteado el proyecto es en el de un régimen de propiedad colectivo, es decir, no capitalista, esto podría suponer en un México caracterizado como un estado obrero. Esta cualidad lo convierte en el proyecto más radical que se haya realizado en el marco de la modernidad arquitectónica mexicana. La razón de plantear un escenario así, fue quizá inocente, para “radicalizar” al gobierno cardenista en su política de vivienda, lo cual respondía perfectamente a la línea política del PCM, al pretender radicalizar a las organizaciones de masas del Frente Popular, en este caso en torno a Lázaro Cárdenas; sin embargo, la historia ha demostrado una y otra vez, que toda política de colaboración de clases termina por inclinarse del lado de la burguesía.

En el texto original que explica el proyecto, aparecido en la revista “Arquitectura y Decoración” No. 11, en septiembre de 1938, los autores Alberto T. Arai, Raúl Cacho, Enrique Guerrero y Balbino Hernández, reconocen la importancia de los trabajos de vivienda que le antecedieron, particularmente los de Juan Legarreta construidos en la colonia Aarón Sáenz y en la Plutarco Elías Calles en 1934 ambas. Sin embargo, reconocen “que no podrán nunca resolver totalmente el problema mientras imperen las bases económicas del sistema capitalista”. Legarreta mismo lo había considerado así, esto lo reconoce en la memoria descriptiva de su proyecto, cuando apenas formaba parte del concurso de la casa obrera mínima en 1932, así lo manifiesta: “Este proyecto no es más que una solución transitoria, mientras otros tiempos suceden”. Qué otros tiempos, podría preguntarse el ingenuo lector; más adelante se resolverá su duda.

El proyecto comprende dos escalas: la urbana y la arquitectónica. En cuanto a la urbana, los autores realizan una zonificación que comprende tres zonas:

1.       Industrial. La ubican en la zona de San Juan de Aragón.
2.      Obrera (habitacional). Comprende la zona de Vallejo hasta Azcapotzalco.
3.    De Cultivos. La zona limítrofe entre la alcaldía Azcapotzalco y Gustavo A. Madero con Tlalnepantla.

Es de interés que los autores hayan realizado análisis tan estricto de las actividades y los horarios de todos los sectores que integrarían la ciudad obrera, para determinar los flujos y el espacio requerido, las distancias y los recorridos.


La zona obrera, la cual contiene la zona habitacional y cívica, divide los usos de la siguiente manera:

1.       Centro Cívico.
2.      Escuelas.
3.      Comedores colectivos.
4.      Comercio de productos agrícolas.
5.      Comercio de productos elaborados.
6.      Terminales de camiones.

Aquí aparece un punto muy importante para la socialización del trabajo doméstico que es la inclusión de comedores colectivos.




La solución urbana es muy esquemática en este proyecto, lo único que se alcanza a distinguir son las orientaciones de los solares en donde se desplantan los edificios de viviendas, que corresponde a una orientación oriente-poniente. Al interior de esta zona, la conectan tres tipos de vías de forma ortogonal: las primarias cuya orientación es de oriente-poniente; las secundarias, que son perpendiculares a éstas con orientación norte-sur; y las terciarias, que son paralelas a las primarias. En general, las zonas públicas de gran escala, es decir, la cívica, comercial, escolar y de servicios se ubican todas en un extremo, mientras que la zona de transporte urbano se sitúa en el extremo opuesto, quedando así la zona habitacional en medio.



La zona de mayor interés y más trabajada es la habitacional. El proyecto comprende edificios de 6 niveles con una planta baja libre. Es el segundo proyecto multifamiliar en la historia de México, después de los que proyectara Juan O´Gorman 6 años atrás para el concurso de la casa obrera mínima organizado por el muestrario de la construcción moderna. Sin embargo, este proyecto resulta más radical porque responde a un contexto (imaginario) de un estado obrero, cuyo régimen de propiedad es completamente distinto: colectivo. Por ello, la disposición de los espacios al interior de estos edificios, refleja un momento transitorio para la desaparición de la institución familiar. Esto es fácil de reconocer porque cada planta arquitectónica está dividida de la siguiente manera: la zona de uso común, de servicios y de circulaciones se ubica en el centro; la habitacional en un extremo; y otra de dormitorios para niñas y niños por separado, que contiene una zona de vigilancia y control, la cual hay que cruzar para acceder o salir de dichos dormitorios.



Las habitaciones cuentan con una pequeña cocineta junto a la entrada, que por su reducido tamaño sólo permite la preparación de alimentos no sofisticados, quizá sólo para el desayuno y la cena, ya que no hay que olvidar, el proyecto cuenta con comedores públicos. La estancia se ubica al fondo, y tiene la cualidad de estar a doble altura, con ello, aunque el espacio sea pequeño, la amplitud resalta. Las escaleras para subir al nivel superior se encuentran en la misma estancia, por lo que el vacío puede ser visto desde las alturas. En el nivel superior se ubica una habitación y un baño. El espacio es pequeño, pero si se toma en cuenta que es para una pareja o para una sola persona, el espacio es más que suficiente. En el caso de que fuera para una pareja con hijos, las niñas y los niños duermen en otro espacio en el mismo edificio, bajo el cuidado de profesionales. Diez y siete años antes, V. Diushen, un pedagogo soviético, ya había realizado un proyecto a nivel urbano en el que promovía la construcción de viviendas donde ubicaba a los niños en pequeñas colonias dirigidas por “pedagogos especialmente calificados, y gobernadas por un soviet compuesto de niños, profesores y personal técnico”. Este tipo de proyectos, abrió una discusión que jamás se había dado en la historia moderna. No resulta difícil imaginarse la riqueza de opiniones vertidas en esas discusiones, mismas que no se han vuelto a dar. Alexander Goikhbarg, jurista autor del primer Código Familiar del estado obrero ruso, tenía la opinión de que la educación de los padres a los hijos fomentaba lo privado e irracional, y que esa educación necesitaba ser sustituida a través de profesionales de la educación. Aleksándra Kollontai, compartía esa misma opinión, decía que aunque los padres conservarían lazos emocionales con sus hijos, la sociedad se debía encargar de alimentarlos, criarlos y educarlos. A opinión de Zinaida Tettenborn, jurista soviética, la crianza del estado lejos de separar a los padres de sus hijos, permitiría que estuvieran más tiempo juntos porque sería un tiempo de calidad, ya que se daría en un horario destinado a ello, sin ningún tipo de distracciones; además, proponía un comité de crianza constituida por padres (hombres y mujeres) y los propios niños.





Cada edificio contaría con 30 habitaciones repartidas en seis niveles, aunque no debe olvidarse que cada habitación es de dos niveles, de modo que dos pisos equivalen a una vivienda. El total de camas en los dormitorios para niñas y niños sería de 60, repartidas equitativamente por sexo en cada nivel. El proyecto en general contaba con un área destinada para el desplante de estas viviendas, y otra en espera de una ampliación cuando fuera necesario. En la misma revista donde se publicó por primera vez este proyecto, hay un artículo que analiza las diferencias entre la casa agrupada (en varios niveles) y la casa aislada (unifamiliar). Desde los puntos de vista financiero, constructivo, administrativo, técnico, urbanístico y social, el articulista demostraba lo conveniente que era optar por un programa estatal de viviendas agrupadas; sin embargo, la realidad del país era otra por el atraso industrial resultado de siglos de dominio colonial. Tuvieron que pasar 9 años más para empezar a construir el primer conjunto multifamiliar en México, el Conjunto Urbano Miguel Alemán. Con la implementación de las recomendaciones económicas de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) a partir de los años cuarenta, periodo conocido como el del “Estado Benefactor”, se construyeron más conjuntos multifamiliares, sin embargo, siempre fueron insuficientes. Al final, ese sueño de que las condiciones materiales en el país cambiarían con la sustitución de importaciones, mostró su fracaso ante la débil y dependiente burguesía nacional. En los terrenos de la arquitectura y el urbanismo, este fracaso dio origen a grandes asentamientos irregulares, cuyas deplorables condiciones de vida evidenciaron las brechas sociales y la incapacidad del estado para resolver las demandas democráticas más elementales.



Si se compara con el extinto estado obrero deformado de la U.R.S.S., la situación resulta muy distinta. Al tener el suelo un régimen de propiedad colectivo, el costo de la vivienda no se veía afectado por el valor del suelo, ello mismo promovió construcciones verticales que ocuparan menos metros cuadrados, ya que el suelo carecía de valor de cambio, por lo que las personas ya no aspiraban a la adquisición de un terreno. Al separar el valor del suelo con la vivienda, el suelo se liberó de los lineamientos de un mercado y se destinó a lo público. Si se observa desde la plataforma GoogleEarth o Maps cualquier ciudad perteneciente a este estado obrero deformado, se podrán observar fácilmente las virtudes de un régimen de propiedad colectivo en el campo del urbanismo, pues las áreas verdes son bastantes y de gran tamaño. A pesar de la deformación burocrática en la U.R.S.S. y el retroceso que tuvo al renunciar a la revolución mundial, muchos logros obtenidos con la revolución obrera se mantuvieron, a pesar de la burocracia misma. Al final, sin embargo, se cumplieron las predicciones que hiciera Trotsky acerca de la falsedad de la construcción del socialismo en un solo país, y la burocracia le abrió las puertas a la contrarrevolución.

Actualmente el 70% de la vivienda construida en México es informal. Esta situación se comparte en toda América Latina. No ha habido en la historia algún cambio de rumbo, todas las políticas económicas han fracasado. Esto se debe a que la dependencia económica de estos países con respecto al imperialismo, impiden cualquier tipo de independencia económica en el marco del capitalismo, y éste no puede ni podrá ser reformado. Con la llegada del Covid 19, ha surgido la legítima preocupación de urbanistas y arquitectos por querer mejorar las condiciones de higiene de las grandes ciudades. Sin embargo, lo que ha demostrado el capitalismo es que todo plan urbano sede a la especulación inmobiliaria, al valor del suelo. La revolución bolchevique demostró que un país atrasado industrialmente puede llevar a cabo las tareas democráticas que el capitalismo no pudo resolver, como lo es la cuestión de la vivienda. Hablar de arquitectura no es sólo hablar de espacios, su aplicación conlleva siempre una reproducción de las relaciones sociales, de modo que si se quiere cambiar la arquitectura hace plantear la necesidad de cambiar las condiciones materiales de vida en general. Juan Legarreta decía que mientras otros tiempos suceden, todo proyecto será una solución transitoria, ¿queremos la misma arquitectura?



Bibliografía:

Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Fundación Federico Engels, Madrid, 2006.

Goldman, Wendy Z., La mujer, el estado y la revolución, Ediciones IPS, Buenos Aires, 1993.

Granados Roldán, Luz María, Juan Legarreta. Un arquitecto radical, Tesis de licenciatura en arquitectura, México, Universidad Iberoamericana, 1987.

Márquez Soriano, Jesús Nazaret, “La Unión de Arquitectos Socialistas y su Proyecto de Ciudad Obrera (1938)”, Aacademia XXI, segunda época, año 10, núm. 20, México, UNAM diciembre 2019.

Revista Arquitectura y decoración, No. 11, septiembre, 1938, México

La ciudad de los decadentistas


"La paleta", 1900. Pintura de Julio Ruelas en donde retrata el ambiente en una casa de citas. Los protagonistas son los escritores decadentistas que conformaron la Revista Moderna. Al fondo, lúgubre y sentado junto al piano, se observa al autor de esta pintura. 

Según el sociólogo y urbanista François Ascher, la sociedad ha pasado por tres revoluciones urbanas modernas (Ascher, 2004). La primera, comprendió la transformación de la ciudad medieval a la ciudad “clásica”, tras el fin de la Edad Media y el surgimiento del Estado-nación. La concepción del hombre como centro del universo se evidencia en este estadio con la aparición de la perspectiva y su implementación en la arquitectura y el urbanismo; además, la geometría básica se complejiza y se monumentaliza la simetría. Sin olvidar el contexto económico e histórico, el capitalismo fue extendiéndose, primero como una función económica propia de artesanos en los burgos, por ser zonas libres de la jurisdicción feudal, hasta convertirse en un modo de producción que cambió las condiciones materiales de vida de un gran sector de la población. Este sistema económico propició los adelantos técnicos idóneos para la producción de mercancías en serie hasta llegar a lo que se conoce como la Revolución Industrial, y con ello lo que Ascher llamó como la segunda revolución urbana. Las ciudades crecieron y fueron reorganizadas en torno a la industria y a zonificaciones que reflejaron la nueva división de clases sociales. Aparecieron edificios destinados a nuevos usos, y por lo tanto, con morfologías completamente nuevas: almacenes, estaciones de ferrocarril, edificios de correos, etc. En particular, todos estos cambios se hicieron más visibles durante el siglo XIX, periodo en que el “urbanismo” surge como un fenómeno de estudio. Con la expansión del capitalismo basado en la producción industrial, aparecieron también nuevos hábitos de consumo, apoyados con medios de comunicación también nuevos: carteles comerciales. La arquitectura en sus diversificaciones, también dio lugar a estos usos, ya sea como lienzos sobre los que se pintaban o pegaban los anuncios comerciales, hasta tiendas para dicho uso. Walter Benjamin hablará de ello en “El libro de los Pasajes”, en donde recuerda las palabras que dijera Eduard Kroloff en 1839:

“Muchas casas parisinas parecen hoy decoradas al modo del traje de arlequín; es una suma grandes trozos de papel […]. Los que los pegan se disputan los muros, y llegan a las manos por una esquina. Lo más curioso es que todos estos carteles se tapan unos a otros diez veces al día.” (Benjamin, 2005: 198)

El propio título del libro de Benjamin es muy claro en cuanto a los nuevos espacios de la ciudad durante la segunda revolución urbana moderna: los pasajes. El mismo autor se adentrará en este estadio urbano bajo la mirada del Flâneur, ese personaje errabundo e indolente, dedicado a la exploración urbana. De quién más, podría Benjamin vislumbrar a esa entidad moderna que de Charles Baudelaire, estandarte lóbrego de la modernidad, primer profeta urbano, quien encumbró su obra con la prosa de “El spleen de París”, en cuyas poesías describe a ese paseante solitario enfrentado a las muchedumbres citadinas: “Aquel que no sabe poblar su soledad no sabe tampoco estar solo en medio de una muchedumbre atareada”. Cómo no confundirse y desaparecer entre la multitud, entre la homogeneidad de la moral burguesa. Aquí aparece otro personaje baudelairiano: el dandy; quien a pesar de formar parte de la burguesía, se distinguió de ella por su extravagancia,  por su exigente culto a sí mismo. Jules Barbey d'Aurevilly lo describiría como alguien que “solo existe cuando hay ojos, los suyos u otros, para mirarlo”. Y si son otros ojos quienes lo miran, ¿en dónde esos ojos? Son pues las calles de la ciudad, las piezas clave para completar las personificaciones literario-urbanas: flâneur-ciudad, spleen-ciudad y dandy-ciudad. No hay que olvidar otras órbitas literarias como el “parnasianismo” y su nostalgia hacia las figuras clásicas en un contexto donde la modernidad llega avasallante, ejemplo de ello es el proyecto urbano modernizador del Barón de Haussmann a mediados del siglo XIX en Europa. A ello habría que agregar al paisaje literario moderno el “simbolismo” y el “decadentismo”, bajo la dirección de Mallarmé y Verlaine, respectivamente. Del primero se puede decir que su vocación fue la sensibilidad envuelta en el misticismo y del segundo su irreverencia contra la moral y la ideología burguesa, privilegiando el individualismo desdichado. Estos movimientos literarios surgieron a partir de mediados del siglo XIX y culminaron a fines del mismo siglo en Occidente, momento en que son importados en América Latina. Rubén Darío, José Martí, Leopoldo Lugones y Manuel Gutiérrez Nájera serían algunos de sus representantes más notorios en el continente.

Durante los últimos años del régimen porfirista, México sufrió una serie de cambios, estimulados principalmente por la “Ley de desamortización de las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones civiles y religiosas de México” expedida en 1856, razón por la cual, la ciudad de México cambió su fisonomía abruptamente. Si a ello se le agrega el tardío e incipiente pero  vertiginoso desarrollo industrial en el país (nada comparable con algún país de Europa o Estados Unidos), la arquitectura y el urbanismo se vieron severamente afectados, al grado de que la ciudad de México no había tenido cambios tan radicales desde la primera época de la Colonia. Para ilustrarlo, se pueden nombrar solo algunos de los edificios que se proyectaron y erigieron en aquella época:

- Joyería La Esmeralda (hoy Museo del Estanquillo) obra del arquitecto Francisco Serrano en 1890.
- Centro Mercantil, obra de Daniel Garza y Gonzalo Garita en 1898.
- Edificio del Puerto de Liverpool (el primero), del arquitecto Rafael Goyeneche.
- Edificio Bóker, de los arquitectos Lemos y Cordes en 1898.
- Proyecto del Palacio legislativo por el arquitecto Émile Bernard en 1900.
- Edificio La Mutua, de los arquitectos Lemos y Cordes en 1900.
- Comisión Nacional de Irrigación del arquitecto Carlos Herrera en 1901.
- Instituto de Geología del arquitecto Carlos Herrera en 1901.
- Edificio de Correos del arquitecto Adamo Boari en 1902.
- El edificio del Casino Español del arquitecto Emilio González del Campo en 1903.
- El Teatro Nacional (hoy Palacio de Bellas Artes) del arquitecto Adamo Boari en 1904.
- Edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (hoy Museo Nacional de Arte) del arquitecto Silvio Contri en 1906.
- Inspección de Policía del arquitecto Federico Mariscal en 1906.
- Edificio de la Compañía Bancaria de Obras y Bienes Raíces (hoy Edificio París) del arquitecto Francisco Serrano.
- Edificio La Mexicana del arquitecto Genaro Alcorta en 1906.
- El Hospital Psiquiátrico de La Castañeda (hoy demolido) por el ingeniero Salvador Echegaray en 1909.
Entre otros.

La lista anterior enumera una serie de edificios de mediana y gran escala en un pequeño radio que abarca sólo al Centro Histórico de la ciudad de México, exceptuando a La Castañeda, que se ubicaba en la villa de Mixcoac. Estos cambios en la imagen de la ciudad fueron sólo una parte de otros de índole económico, social y cultural, de los cuales la literatura se vio también afectada. Si bien, Manuel Gutiérrez Nájera sería el precursor indiscutible de esa literatura cuyo rótulo fue el de “Modernismo” y el órgano con el que se diera a conocer la “Revista Azul” (1894-1896); serían los escritores decadentistas unos pocos años después, quienes encabezaran este género literario dentro de lo que se le denominó como “Decadentismo mexicano”, cuyo medio de difusión fuera la “Revista Moderna” (1898-1903).

Bernardo Couto Castillo, a quien por su corta edad y talento se le ha llegado a comparar (con más entusiasmo que razón) con Arthur Rimbaud y Jesús E. Valenzuela fueron los iniciadores de esa aventura literaria llamada “Revista Moderna”, a la que inmediatamente se adhirieron Ciro B. Ceballos, Amado Nervo, Alberto Leduc, José Juan Tablada, Balbino Dávalos, Rubén M. Campos, Efrén Rebolledo, Francisco M. Olaguíbel, etc. La revista tuvo una gran calidad no sólo en el ámbito literario, sino también en el visual, gracias a la participación del artista Julio Ruelas, aportando con ello la identidad visual que diera a conocer a esta literatura. Todos estos escritores y artistas fueron testigos de esa ciudad que moría y daba lugar a otra. Walter Benjamin describe los pasajes como un fenómeno que afectó la vida cotidiana en las ciudades occidentales a mediados del siglo XIX; lo mismo sucedió en la ciudad de México años más tarde. Resulta interesante leer las crónicas que escribiera Rubén M. Campos, publicadas en el libro titulado “El Bar. La vida literaria en México en 1900”, en donde el autor describe otro fenómeno:

“El bar era una institución americana trasplantada a nuestra ciudad en los últimos años del siglo XIX, y que se había propagado de tal suerte que en cada calle había uno o dos bares intermedios y en cada esquina había uno, a veces cuatro, uno por cada esquina. Quien empujara la vidriera suelta y giratoria de un bar, quedaba asombrado al primer golpe de vista que le presentaba una multitud sedienta y alegre […]” (Campos, 1996: 32)

En efecto, fueron los bares los nuevos lugares que un sector de la sociedad comenzó a frecuentar a finales del siglo XIX, este sector fue la burguesía y la clase media acomodada. En otro fragmento del mismo libro, Rubén M. Campos diría:

“El calor del sol meridiano, tórrido en todas las estaciones, dispersaba a toda aquella muchedumbre que un desconocedor de las costumbres metropolitanas veía asombrado desaparecer, sin saber dónde […]. Pero lo que no sabían era que todas aquellas gentes, masculinas sea dicho, se refugiaban en el bar.” (Campos, 1996: 31-32)

El que Rubén M. Campos hable del “bar” como un fenómeno urbano al cual una “muchedumbre” acude desde la tarde, hace evidente que los decadentistas mexicanos fueron asiduos a estos lugares. En el estudio introductorio del libro “Panorama mexicano 1890-1910” de Ciro B. Ceballos, Luz América Viveros comenta: 

“Por aquellos años, la pertenencia al grupo que primero se reconoció como decadente y más tarde ya como modernista, no fue sólo formal o temática, sino también psicológica e ideológica; la nueva estética estaba generando adhesiones y deslindes significativos. Los escritores comulgaban su hostia preferentemente en el bar.” (Ceballos, 2006: 20)

Si se escudriñan las memorias que dejaron estos escritores, se podrán ubicar uno a uno los bares y otros sitios que frecuentaban los decadentistas. De estos lugares, es el Salón Bach el más visitado por ser el más cercano al local de la Revista Moderna (Campos, 1996: 116), sobre la calle de Plateros (hoy Av. Madero). Este salón tuvo diversas moradas sobre esta avenida; sin embargo, sería en la Av. Madero #32 en donde terminara su peregrinaje, en un edificio diseñado por Carlos Obregón Santacilia, el cual ya no existe. Sería este Salón Bach, en donde en 1932, el trovador yucateco Guty Cárdenas fuera asesinado. Hasta hace poco tiempo (2019), un nuevo Salón Bach invitaba a la nostalgia con su mobiliario de la época, esta vez ubicado en Bolívar 21.


Publicidad del Salón Bach, ubicado en Madero 32, su última morada. En este lugar fue asesinado el trovador yucateco Guty Cárdenas el 5 de abril de 1932.

También se habla del Salón Wondracek, ubicado en la esquina de la Cerrada del Espíritu Santo y la calle Independencia (hoy esquina de Isabel la Católica y 16 de Septiembre). Este bar se hizo famoso porque su primer dueño, Stanislao Wondracek, de nacionalidad polaca y radicado en México, había aprovechado el remate que Benito Juárez hacía de las propiedades de Maximiliano de Hasburgo, entre las cuales se hallaba una extensa bodega con 7,612 botellas, cuyo valor en ese momento era de $22,836.°° (Ceballos, 2006: 109). Tanis, como le decían a Stanislao, compró aquellas botellas, mismas que fue despachando en su cantina hasta que se las acabó. Es en ese momento que decide vender su establecimiento y regresarse a su país. Sería su nuevo propietario, quien con toda ventaja, rellenara aquellas botellas con licores de mala calidad y vendiera el interior como si fuera de las botellas originales. Esta cantina fue demolida para construir el actual edificio de la Casa Boker en 1898.

Edificio Bóker en 1905 recién construido. En el predio que ocupa actualmente este edificio, se encontraba el Salón Wondracek.

Otro lugar muy peculiar frecuentado por los decadentistas, sería un salón clandestino y opuesto a la moral burguesa, pero frecuentado por grandes figuras del porfiriato como Justo Sierra (Tablada, 1993: 45): la Perfumería de la Baronesa de Liesta. Este salón, se disfrazaba de día como una perfumería y a partir del mediodía se iría transformando en un ameno lupanar o como recordaría José Juan Tablada, en un “ministerio de la galantería (Tablada, 1993: 43). Julio Ruelas, quien por cierto, vivía en la misma calle donde se hallaba este burdel, en el Callejón de la Olla (hoy 2ª. Cerrada de 5 de mayo), realizó una interesante pintura sobre una de sus paletas de trabajo, en donde retrata una noche dentro de este lugar. En la pintura se puede ver a Rubén M. Campos, Bernardo Couto Castillo, Ciro B. Ceballos y al propio autor, quien se retrata lóbrego sentado junto al piano que está siendo tocado probablemente por Ernesto Elorduy, amigo cercano de los decadentistas. El edificio en donde se encontraba este salón ya no existe, en su lugar se erigió uno moderno, cuya entrada principal se encuentra en el número 49 de la Av. 5 de mayo. Lo mismo sucedió con la antigua casa en donde vivía Julio Ruelas con sus hermanos, que fue demolida entre 1904 y 1905 para levantar ahí un edificio en 1906, diseñado por el arquitecto Genaro Alcorta.

Avenida 5 de Mayo en 1900. Al fondo remataba con el Teatro Nacional, demolido un año después. Pasando la primer calle (Palma) del lado izquierdo, se encontraba la Perfumería de la baronesa de Liesta, una casa de citas clandestina muy frecuentada por la burguesía.

El bar La América, era el lugar al que remataban, ya estimulados, los decadentistas. Este establecimiento, al que hoy se le denominaría como “After hour”, permanecía abierto toda la madrugada, y en su interior no solo se vendía alcohol, sino también comida. Su ubicación era en la cuchilla formada por la avenida Juárez, la 2ª. Calle de Dolores y una antigua calle llamada Coajomulco, cuya huella aún se puede percibir en el interior de la Plaza Juárez, a un lado del conjunto de la Secretaría de Relaciones Exteriores. El edificio en donde se encontraba este bar ya no existe, fue demolido en la década de los años treinta. Por las crónicas que hay acerca de este lugar, se sabe que los decadentistas salían después de las cinco de la mañana, para ir a tomar el primer tren que los dejaría en Tlalpan, donde vivía Jesús E. Valenzuela, quien los esperaba en su casa para compartir de “un reparador almuerzo con pozole al estilo de Chihuahua” (Campos, 1996: 112).

En esta fotografía tomada en 1930 sobre la avenidas Juárez, se observan las calles de Dolores (a la izquierda) y Coajomulco (a la derecha). En ese edificio se encontraba el Bar La América, lugar que fungía como el “After hour” de fines del siglo XIX.

Casi la totalidad de los lugares que frecuentaba el grupo decadentista desapareció para dar lugar a otra arquitectura que se adecuara a los “nuevos tiempos”. Paradójicamente, los decadentistas serían la primera vanguardia del siglo XX, pero también una vanguardia incapaz de ofrecer una alternativa al porfirismo, tomando en cuenta que pocos años después, estallarían los primeros conflictos con los que empezaría el movimiento armado de 1910. Su madrugadora llegada al escenario cultural del país impidió que se ganaran el interés y la simpatía de la sociedad, y a ellos no les interesó. Amado Nervo en 1896 diría al respecto:

“Pretender que un literato, por el solo placer de que lo lea un pueblo ignaro, retroceda cincuenta años en cuestión de procedimientos literarios, y todavía así abata su idea y la forma que la que la encierra hasta un nivel mezquino, sería injusto.” (Clark, 2002: 165)

El poeta Ramón López Velarde adverso al decadentismo, representaría la otra escuela literaria; y quizá con ello se vislumbraría esa discrepancia histórica entre dos escuelas literarias distintas, mismo antagonismo que fuera protagonizado en tiempos postrevolucionarios por los estridentistas y los contemporáneos.

Paradójicamente, la ciudad de los decadentistas fue demolida para alojar a la modernidad urbana, no quedó ni un lugar en pie, de aquellos que frecuentaban. La ciudad cambió de piel y sus calles de nombre; sin embargo, todo lo que hay ahora puede ser reconstruido a partir de las crónicas antes citadas: una ciudad fantasma y una herida que no cerró, que fue la calle Coajomulco y hoy persiste dentro de la zona comercial de la Plaza Juárez esperan se recorridas de nuevo, después de este confinamiento.

Según Ascher, la tercera revolución urbana moderna se inicia tras las “reflexiones” que se dieran en la posmodernidad para superar a esa modernidad “mesiánica” y “determinista” que había surgido iniciado el siglo XX. A su vez, los adelantos tecno-científicos y la nueva situación Geopolítica en el siglo XXI, promueven nuevas discusiones y planteamientos de nuevos modos de vida, que el autor mira con optimismo. Las ciudades van cambiando, y al igual que a los decadentistas les tocó ver la desaparición de la ciudad decimonónica, en este tiempo somos testigos del surgimiento de otra ciudad, sólo basta ver cómo en menos de diez años se han levantado decenas de nuevos edificios sobre la Avenida de la Reforma, Santa Fé, y en otros puntos de la ciudad que antes sonaban inverosímiles que se levantaran como en el antiguo pueblo de Xoco en la Alcaldía Benito Juárez. La pandemia del Covid 19 también ha venido a plantear la urgencia de nuevos cambios en la arquitectura y el urbanismo. Gran cantidad de artículos han sido publicados en donde se vislumbra el entusiasmo por un cambio de paradigma; sin embargo y Ascher lo evidenció, las drásticas transformaciones en las ciudades se han dado al cambiar el modo en que las sociedades producen sus medios de susbsistencia ¿Qué se avecina para ellas? ¿Qué dirá la literatura de ello?


BIBLIOGRAFÍA

Ascher, François, Los nuevos principios del urbanismo, Madrid, Alianza Editorial, 2004.
Benjamin, Walter, El libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2005.
Campos, Rubén M., El bar. La vida literaria de México en 1900, México, UNAM, 1996.
Ceballos, Ciro B., Panorama mexicano 1890-1910 (Memorias), México, UNAM, 2006.
Clark De Lara, Belem y Zavala Díaz, Ana Laura, La construcción del Modernismo, México, UNAM, 2002.
Tablada, José Juan, Las sombras largas, México, CONACULTA, 1993.




Racismo y Xenofobia: una oscura tradición en México



La caravana migrante cuyo origen ha sido Honduras, ha evidenciado el racismo y la xenofobia que impera en México, y que por ser ignorada, consentida y minimizada se ha reproducido al grado que ahora se pueden escuchar frases como: "Inmigrantes indeseables", "No a la invasión", "Fuera invasores", etc. ¿Qué se puede esperar de ello en un contexto en el que los discursos racistas y xenófobos se han cotidianizado? No sólo es a través de gritos que se reproducen estos discursos, sino también en forma de chistes aparentemente “inocentes” o comentarios bajo la premisa: “yo no soy racista, pero…”. En este texto pretendo mostrar hasta dónde se puede llegar si se continúa minimizando esta situación, a través de un oscuro episodio sufrido en México a principios del siglo XX y que la historia oficial ha ocultado.

"No sé quién mordería mi cartulina; si un chairo o uno de la #CaravanaMigrante... Porque resulta que ambos tienen Hambre", fotografía de la marcha a favor del nuevo aeropuerto, CDMX. Autor: @FranciscoTequil.

A mediados del siglo XIX fueron descubiertos varios yacimientos de oro en California, Estados Unidos; lo que impulsó la contratación de mano de obra con pocas pretensiones económicas, todo ello en un contexto de tráfico de personas, que aunque ya estaba prohibida la trata de esclavos, aún se realizaba bajo la figura del “contrato” de trabajadores. La región de donde se “obtenían” estas personas fue la India y China principalmente, a las cuales se les conoció como Coolie o culíes. Esta migración forzada, por así decirlo, fue impulsada por la grave situación económico-social que se vivía en China particularmente, ocasionada por las “Guerras del Opio”. La contratación de trabajadores aumentó con la construcción de las vías del ferrocarril, que conectó estos territorios explotados con la costa este de los Estados Unidos. La estancia de la comunidad china en este país fue complicándose con los años y recrudecida por la crisis económica de 1870, misma que generó un movimiento anti-chino con evidentes matices raciales acusándolos de “robar empleos a los blancos”, de ser “serviles”, “sucios”, entre otras cosas (Botton, 2008: 479). En 1882 fue prohibida la inmigración de chinos a Estados Unidos por medio de la ley “The Chinese Exclusion Act”, lo que obligó a los trabajadores chinos a buscar refugio en otros países de América.
La política económica de Porfirio Díaz en México a fines del siglo XIX, fue ofrecer los recursos naturales a la inversión extranjera. Con ello no sólo se propició la llegada de la burguesía exterior, sino también la necesidad de contratar mano de obra a muy bajo costo. Si a ello se le añade la necesidad de poblar algunas regiones desiertas en el interior del país, México se convirtió en tierra favorable para la migración china. De esta manera no sólo llegó la primera caravana de chinos al país, sino también se importaron los prejuicios raciales de Estados Unidos.
Si bien, se hizo necesaria la contratación de trabajadores internacionales; es menester recordar que en general el estado y la burguesía nacional consideraron a esta comunidad en particular como última opción, tal y como se comprueba en 1884 con la inauguración del primer viaje a “Oriente”, en el cual la “Compañía Mexicana de Navegación del Pacífico” instó al estado a pagar 65 pesos por cada europeo que trajera, mientras que por cada chino pidió 35 pesos (Treviño, 2005: 424).
Al igual como sucedió en Estados Unidos, en México pronto se hicieron visibles los prejuicios raciales y xenófobos (sinofobia, en este caso en particular). En 1891 por ejemplo, el diario El Economista Mexicano publicó un texto en el que justificaba esta discriminación a la comunidad china de la siguiente manera: “considerado en su físico, en su moral, sus  hábitos, su monstruosa lengua […] se comprende la animadversión general e instintiva en contra suya” (Botton, 2008: 480). Se debe señalar, que el Estado fue partícipe de este “sentir” anti-chino al tolerarlo, al grado de que a pesar de las quejas que hicieron el gobierno chino y británico ante el maltrato y la discriminación a esta comunidad, el gobierno mexicano lo negó (Treviño, 2005: 424-425).

"Inmigrantes indeseables", Movimiento Nacionalista Mexicano, fotografía de la marcha a favor del nuevo aeropuerto, CDMX. Fuente: La Razón de México. https://www.razon.com.mx. 

En el norte del país comenzaron a surgir campañas anti-chinas cada vez más violentas y auspiciadas por los periódicos locales en los cuales la imagen del inmigrante chino fue de “instrumentos del infierno”, “amenaza amarilla”, “raza inferior”, “amorales” y “perversos” (Treviño, 2008: 689). Fue así como a principios del siglo XX se conformaron comités anti-chinos, cuyos propósitos, según el historiador Javier Treviño Rangel, se pueden resumir en tres puntos:
1. Alertar al país del peligro que representaba la comunidad china.
2. Defender la raza y la patria.
3. Exigir al gobierno endurecer su política migratoria para “controlar” y “contener” a los inmigrantes chinos (Treviño, 2008: 689).
El racismo y la xenofobia no fueron exclusivos del estado ni de los sectores más conservadores de la sociedad, sino también se dio en sectores “progresistas” o "liberales”, tal y como se puede observar en el programa del Partido Liberal Mexicano, firmado por los hermanos Flores Magón y los Sarabia en 1906:

“La prohibición de la inmigración china es, ante todo, una medida de protección a los trabajadores de otras nacionalidades, principalmente a los mexicanos. El chino, dispuesto por lo general a trabajar con el más bajo salario, sumiso, mezquino en aspiraciones, es un gran obstáculo para la prosperidad de otros trabajadores. Su competencia es funesta y hay que evitarla en México. En general, la inmigración china no produce a México el menor beneficio.” (Programa PLM, 1906).

Fotografía del original del Programa del Partido Liberal Mexicano. Fuente: http://www.patrimonio.cdmx.gob.mx/ficha/22039/0/#prettyPhoto

El Partido Liberal Mexicano justifica este punto como una “medida de protección” a los trabajadores mexicanos en particular; sin embargo, si vemos las cifras de la cantidad de personas que conformaban a la comunidad china en 1910, vemos que eran 13,203 integrantes (Botton, 2008: 480), si se compara esta cantidad con la totalidad de la población en México que era de 15,160,369 personas (INEGI: http://www.beta.inegi.org.mx/proyectos/ccpv/1910/), ni siquiera llega al 1%. Siendo así ¿en realidad representaban alguna amenaza a los trabajadores nacionales?
Si se recuerda que las peores manifestaciones raciales y xenófobas se experimentaron en los estados al norte del país, allá la cantidad de chinos fue de 4,486 personas en 1910  (Botton, 2008: 480). Ese mismo año, durante las fiestas del centenario de la independencia, en Torreón, Coahuila, en los tradicionales gritos de “¡Viva México!”, también se gritaba: “¡Mueran los chinos!”. Al siguiente día, a varios negocios pertenecientes a esta comunidad, se les vio con los vidrios rotos (Chong, 2015:2).
Para el año siguiente, en las calles de algunos estados del país, una nota pegada en los muros y postes decía:

“la mayoría de nosotros los mexicanos conocemos a los chinos superficial y someramente… pero pocos, muy pocos, somos los que los conocemos en la intimidad, en su miserable vida privada… Los que a fondo sabemos el enorme peligro que trae consigo las funestas consecuencias de su desarrollo en nuestro suelo haremos campaña en su contra, sin temor a nada ni a nadie” (Treviño, 2008: 689)

De nuevo, el gobierno mexicano fue advertido por otros gobiernos, sobre el peligro de tolerar tales muestras de “racismo”, y aún así, guardó silencio.
En la mañana del sábado 13 de mayo de 1911, cerca de las 10 de la mañana, el ruido del galope de cientos de caballos anunció la toma de Torreón por parte de las tropas maderistas. La toma fue sangrienta, 303 integrantes de la comunidad china fueron masacrados en manos del ejército del “mártir de la democracia”, es decir, de Francisco I. Madero. No conformes con ello, sus propiedades fueron saqueadas y su bandera despedazada en la calle. (Chong, 2015:3)
El reclamo del gobierno chino no se hizo esperar, le solicitó toda la información de ese hecho al Secretario de Relaciones Exteriores: Francisco León de la Barra, el cual juzgó de “exageradas” las noticias de aquella masacre. Según el nuevo gobierno maderista, “los chinos habían muerto por atentar contra el Ejército Libertador de la República” (Chong, 2015:3); sin embargo, con las investigaciones posteriores se desmintió esa versión: los chinos no habían hecho nada. El gobierno chino exigió al mexicano que expresara sus condolencias, que se desagraviara a su bandera y se indemnizara a los deudos de los muertos. Nada de esto fue cumplido, al contrario, la “campaña anti-chinos” continuó en México.

"No a la invasión", Fotografía de las protestas anti-inmigrantes en Tijuana. Foto: AFP.

Con los gobiernos pos-revolucionarios, el racismo y la xenofobia se recrudeció. En la búsqueda de una “identidad nacional”, el estado mexicano implementó medidas raciales como confinar a la comunidad china en especies de “ghettos”, además de haber prohibido el matrimonio entre chinos y mexicanas. En esos años se llegaron a expulsar cientos de chinos, principalmente en el norte del país; se formaron por ejemplo, grupos facistoides como los “Guardias Verdes de Sonora”, “cuyo objetivo era la represión sistemática de la colonia china […] detrás estaban políticos y comerciantes adinerados que aspiraban a conquistar las posiciones que el comercio chino tenía.” (Velázquez, 2010: 71).
Si para 1927 la comunidad china se conformaba de 26,000 personas, para 1940 su población disminuyó a tan sólo 5,000 integrantes (Botton, 2008: 484).

Si bien, en la actualidad la situación de la comunidad china parece ser muy distinta, el racismo y la xenofobia brotan de diversas maneras, ya sea por un partido de futbol, por una epidemia que se sufra en algún lugar del país (recuérdese el virus de gripe AH1-N1, cuando se apedreaba a chilangos en Acapulco), y ahora la caravana migrante, ello sin olvidar tampoco, el racismo que ha sufrido la población indígena al interior del país. A veces sólo basta un video en donde una persona (de miles), dice que se le hace indigno que le den frijoles, para que la xenofobia salga visceral y fácilmente. Como se ha visto en este breve relato, en México existe una oscura tradición racista y xenófoba, que jamás fue combatida, al contrario, se ha disfrazado y consentido; abrirle las puertas a ello, puede costarle muy caro a la sociedad.

"Fuera invasores", fotografía de las protestas anti-inmigrantes en Tijuana. Foto: Getty Images/J. Moore.

¡No al racismo ni a la xenofobia!
¡Solidaridad con la caravana inmigrante!
¡Los migrantes no son criminales, son trabajadores internacionales!
¡Plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes!

Bibliografía

BOTTON Beja, Flora, “La persecución de los chinos en México”, Estudios de Asia y África, vol. XLIII, núm. 2, mayo-agosto, 2008, pp. 477-486 El Colegio de México, A.C., Ciudad de México, México.

CHONG, José Luis, “La matanza de chinos en torreón”, 2015. En internet: http://www.joseluischong.mx/

TREVIÑO Rangel, Javier, “Los hijos del cielo en el infierno: un reporte sobre el racismo hacia las comunidades chinas en México, 1880-1930”, Foro Internacional, vol. 45, núm. 3, 2005, pp. 409-444.

---------------------------- “Racismo y nación: comunidades imaginadas en México
Estudios Sociológicos, vol. XXVI, núm. 78, septiembre-diciembre, 2008, pp. 669-694
El Colegio de México, A.C., Ciudad de México, México

VELÁZQUEZ Morales, Catalina, “Xenofobia y Racismo: Los comités antichinos en Sonora y Baja California, 1924-1936”, Meyibó, No. 1, Nueva Época, enero-junio 2010, Universidad Autónoma de Baja California, Instituto de Investigaciones Históricas, Tijuana, Baja California, México.

INEGI, “Tercer Censo de Población de los Estados Unidos Mexicanos 1910”. En internet: http://www.beta.inegi.org.mx/proyectos/ccpv/1910/