Mostrando entradas con la etiqueta Crónica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónica. Mostrar todas las entradas

Crónicas Industriales I





Aún no dan las 6 de la mañana, pero la oscuridad promete partir en cualquier momento. Los olores salen junto al vapor que emana de los puestos de comida que comienzan a poblar las banquetas. Por ahí camina la clase obrera, sus pasos rápidos e imparables recuerdan que por cada minuto tarde, su salario es mermado significativamente. “¡Prensa obrera!”, se escucha en una plaza afuera de la estación del metro. Detrás de aquella voz, pareciera resumirse una larga historia de lucha de clases. En algún momento, en cada salida del metro, las voces se multiplican: “¡sobre la farsa burguesa de la cuarta transformación! ¡Las trabajadoras de Yakima en Estados Unidos nos están dando una lección de lucha!”. De una de las calles que rodean la plaza, llega un trabajador de corta edad y con un cubreboca de calavera. Se sienta en una agrietada banca de concreto y descansa por un rato. Su mirada coincide por momentos con la de la persona que grita. Después de unos minutos pregunta: “¿me puedes mostrar uno?”, al recibir la prensa, sus ojos parecen abrirse aún más, “¿tienes otros?”, tiene hambre, otro tipo de hambre. “Trabajo en una fábrica de colchones, acabo de salir, trabajé toda la noche, ¿se ve en mis ojos?”. Tiene los ojos muy rojos. Poco a poco su confianza va cediendo. “La semana pasada un compañero se fue antes de terminar su turno, dicen que tenía Covid… no ha venido en toda la semana”. Después de aquella charla, se quedó un rato más leyendo en la banca. El sol comenzó a mostrar los detalles de los rostros que llegan y se van a la hora del cambio de turno; el rostro de los imprescindibles, de quienes algún día harán justicia.


















La ciudad de los decadentistas


"La paleta", 1900. Pintura de Julio Ruelas en donde retrata el ambiente en una casa de citas. Los protagonistas son los escritores decadentistas que conformaron la Revista Moderna. Al fondo, lúgubre y sentado junto al piano, se observa al autor de esta pintura. 

Según el sociólogo y urbanista François Ascher, la sociedad ha pasado por tres revoluciones urbanas modernas (Ascher, 2004). La primera, comprendió la transformación de la ciudad medieval a la ciudad “clásica”, tras el fin de la Edad Media y el surgimiento del Estado-nación. La concepción del hombre como centro del universo se evidencia en este estadio con la aparición de la perspectiva y su implementación en la arquitectura y el urbanismo; además, la geometría básica se complejiza y se monumentaliza la simetría. Sin olvidar el contexto económico e histórico, el capitalismo fue extendiéndose, primero como una función económica propia de artesanos en los burgos, por ser zonas libres de la jurisdicción feudal, hasta convertirse en un modo de producción que cambió las condiciones materiales de vida de un gran sector de la población. Este sistema económico propició los adelantos técnicos idóneos para la producción de mercancías en serie hasta llegar a lo que se conoce como la Revolución Industrial, y con ello lo que Ascher llamó como la segunda revolución urbana. Las ciudades crecieron y fueron reorganizadas en torno a la industria y a zonificaciones que reflejaron la nueva división de clases sociales. Aparecieron edificios destinados a nuevos usos, y por lo tanto, con morfologías completamente nuevas: almacenes, estaciones de ferrocarril, edificios de correos, etc. En particular, todos estos cambios se hicieron más visibles durante el siglo XIX, periodo en que el “urbanismo” surge como un fenómeno de estudio. Con la expansión del capitalismo basado en la producción industrial, aparecieron también nuevos hábitos de consumo, apoyados con medios de comunicación también nuevos: carteles comerciales. La arquitectura en sus diversificaciones, también dio lugar a estos usos, ya sea como lienzos sobre los que se pintaban o pegaban los anuncios comerciales, hasta tiendas para dicho uso. Walter Benjamin hablará de ello en “El libro de los Pasajes”, en donde recuerda las palabras que dijera Eduard Kroloff en 1839:

“Muchas casas parisinas parecen hoy decoradas al modo del traje de arlequín; es una suma grandes trozos de papel […]. Los que los pegan se disputan los muros, y llegan a las manos por una esquina. Lo más curioso es que todos estos carteles se tapan unos a otros diez veces al día.” (Benjamin, 2005: 198)

El propio título del libro de Benjamin es muy claro en cuanto a los nuevos espacios de la ciudad durante la segunda revolución urbana moderna: los pasajes. El mismo autor se adentrará en este estadio urbano bajo la mirada del Flâneur, ese personaje errabundo e indolente, dedicado a la exploración urbana. De quién más, podría Benjamin vislumbrar a esa entidad moderna que de Charles Baudelaire, estandarte lóbrego de la modernidad, primer profeta urbano, quien encumbró su obra con la prosa de “El spleen de París”, en cuyas poesías describe a ese paseante solitario enfrentado a las muchedumbres citadinas: “Aquel que no sabe poblar su soledad no sabe tampoco estar solo en medio de una muchedumbre atareada”. Cómo no confundirse y desaparecer entre la multitud, entre la homogeneidad de la moral burguesa. Aquí aparece otro personaje baudelairiano: el dandy; quien a pesar de formar parte de la burguesía, se distinguió de ella por su extravagancia,  por su exigente culto a sí mismo. Jules Barbey d'Aurevilly lo describiría como alguien que “solo existe cuando hay ojos, los suyos u otros, para mirarlo”. Y si son otros ojos quienes lo miran, ¿en dónde esos ojos? Son pues las calles de la ciudad, las piezas clave para completar las personificaciones literario-urbanas: flâneur-ciudad, spleen-ciudad y dandy-ciudad. No hay que olvidar otras órbitas literarias como el “parnasianismo” y su nostalgia hacia las figuras clásicas en un contexto donde la modernidad llega avasallante, ejemplo de ello es el proyecto urbano modernizador del Barón de Haussmann a mediados del siglo XIX en Europa. A ello habría que agregar al paisaje literario moderno el “simbolismo” y el “decadentismo”, bajo la dirección de Mallarmé y Verlaine, respectivamente. Del primero se puede decir que su vocación fue la sensibilidad envuelta en el misticismo y del segundo su irreverencia contra la moral y la ideología burguesa, privilegiando el individualismo desdichado. Estos movimientos literarios surgieron a partir de mediados del siglo XIX y culminaron a fines del mismo siglo en Occidente, momento en que son importados en América Latina. Rubén Darío, José Martí, Leopoldo Lugones y Manuel Gutiérrez Nájera serían algunos de sus representantes más notorios en el continente.

Durante los últimos años del régimen porfirista, México sufrió una serie de cambios, estimulados principalmente por la “Ley de desamortización de las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones civiles y religiosas de México” expedida en 1856, razón por la cual, la ciudad de México cambió su fisonomía abruptamente. Si a ello se le agrega el tardío e incipiente pero  vertiginoso desarrollo industrial en el país (nada comparable con algún país de Europa o Estados Unidos), la arquitectura y el urbanismo se vieron severamente afectados, al grado de que la ciudad de México no había tenido cambios tan radicales desde la primera época de la Colonia. Para ilustrarlo, se pueden nombrar solo algunos de los edificios que se proyectaron y erigieron en aquella época:

- Joyería La Esmeralda (hoy Museo del Estanquillo) obra del arquitecto Francisco Serrano en 1890.
- Centro Mercantil, obra de Daniel Garza y Gonzalo Garita en 1898.
- Edificio del Puerto de Liverpool (el primero), del arquitecto Rafael Goyeneche.
- Edificio Bóker, de los arquitectos Lemos y Cordes en 1898.
- Proyecto del Palacio legislativo por el arquitecto Émile Bernard en 1900.
- Edificio La Mutua, de los arquitectos Lemos y Cordes en 1900.
- Comisión Nacional de Irrigación del arquitecto Carlos Herrera en 1901.
- Instituto de Geología del arquitecto Carlos Herrera en 1901.
- Edificio de Correos del arquitecto Adamo Boari en 1902.
- El edificio del Casino Español del arquitecto Emilio González del Campo en 1903.
- El Teatro Nacional (hoy Palacio de Bellas Artes) del arquitecto Adamo Boari en 1904.
- Edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (hoy Museo Nacional de Arte) del arquitecto Silvio Contri en 1906.
- Inspección de Policía del arquitecto Federico Mariscal en 1906.
- Edificio de la Compañía Bancaria de Obras y Bienes Raíces (hoy Edificio París) del arquitecto Francisco Serrano.
- Edificio La Mexicana del arquitecto Genaro Alcorta en 1906.
- El Hospital Psiquiátrico de La Castañeda (hoy demolido) por el ingeniero Salvador Echegaray en 1909.
Entre otros.

La lista anterior enumera una serie de edificios de mediana y gran escala en un pequeño radio que abarca sólo al Centro Histórico de la ciudad de México, exceptuando a La Castañeda, que se ubicaba en la villa de Mixcoac. Estos cambios en la imagen de la ciudad fueron sólo una parte de otros de índole económico, social y cultural, de los cuales la literatura se vio también afectada. Si bien, Manuel Gutiérrez Nájera sería el precursor indiscutible de esa literatura cuyo rótulo fue el de “Modernismo” y el órgano con el que se diera a conocer la “Revista Azul” (1894-1896); serían los escritores decadentistas unos pocos años después, quienes encabezaran este género literario dentro de lo que se le denominó como “Decadentismo mexicano”, cuyo medio de difusión fuera la “Revista Moderna” (1898-1903).

Bernardo Couto Castillo, a quien por su corta edad y talento se le ha llegado a comparar (con más entusiasmo que razón) con Arthur Rimbaud y Jesús E. Valenzuela fueron los iniciadores de esa aventura literaria llamada “Revista Moderna”, a la que inmediatamente se adhirieron Ciro B. Ceballos, Amado Nervo, Alberto Leduc, José Juan Tablada, Balbino Dávalos, Rubén M. Campos, Efrén Rebolledo, Francisco M. Olaguíbel, etc. La revista tuvo una gran calidad no sólo en el ámbito literario, sino también en el visual, gracias a la participación del artista Julio Ruelas, aportando con ello la identidad visual que diera a conocer a esta literatura. Todos estos escritores y artistas fueron testigos de esa ciudad que moría y daba lugar a otra. Walter Benjamin describe los pasajes como un fenómeno que afectó la vida cotidiana en las ciudades occidentales a mediados del siglo XIX; lo mismo sucedió en la ciudad de México años más tarde. Resulta interesante leer las crónicas que escribiera Rubén M. Campos, publicadas en el libro titulado “El Bar. La vida literaria en México en 1900”, en donde el autor describe otro fenómeno:

“El bar era una institución americana trasplantada a nuestra ciudad en los últimos años del siglo XIX, y que se había propagado de tal suerte que en cada calle había uno o dos bares intermedios y en cada esquina había uno, a veces cuatro, uno por cada esquina. Quien empujara la vidriera suelta y giratoria de un bar, quedaba asombrado al primer golpe de vista que le presentaba una multitud sedienta y alegre […]” (Campos, 1996: 32)

En efecto, fueron los bares los nuevos lugares que un sector de la sociedad comenzó a frecuentar a finales del siglo XIX, este sector fue la burguesía y la clase media acomodada. En otro fragmento del mismo libro, Rubén M. Campos diría:

“El calor del sol meridiano, tórrido en todas las estaciones, dispersaba a toda aquella muchedumbre que un desconocedor de las costumbres metropolitanas veía asombrado desaparecer, sin saber dónde […]. Pero lo que no sabían era que todas aquellas gentes, masculinas sea dicho, se refugiaban en el bar.” (Campos, 1996: 31-32)

El que Rubén M. Campos hable del “bar” como un fenómeno urbano al cual una “muchedumbre” acude desde la tarde, hace evidente que los decadentistas mexicanos fueron asiduos a estos lugares. En el estudio introductorio del libro “Panorama mexicano 1890-1910” de Ciro B. Ceballos, Luz América Viveros comenta: 

“Por aquellos años, la pertenencia al grupo que primero se reconoció como decadente y más tarde ya como modernista, no fue sólo formal o temática, sino también psicológica e ideológica; la nueva estética estaba generando adhesiones y deslindes significativos. Los escritores comulgaban su hostia preferentemente en el bar.” (Ceballos, 2006: 20)

Si se escudriñan las memorias que dejaron estos escritores, se podrán ubicar uno a uno los bares y otros sitios que frecuentaban los decadentistas. De estos lugares, es el Salón Bach el más visitado por ser el más cercano al local de la Revista Moderna (Campos, 1996: 116), sobre la calle de Plateros (hoy Av. Madero). Este salón tuvo diversas moradas sobre esta avenida; sin embargo, sería en la Av. Madero #32 en donde terminara su peregrinaje, en un edificio diseñado por Carlos Obregón Santacilia, el cual ya no existe. Sería este Salón Bach, en donde en 1932, el trovador yucateco Guty Cárdenas fuera asesinado. Hasta hace poco tiempo (2019), un nuevo Salón Bach invitaba a la nostalgia con su mobiliario de la época, esta vez ubicado en Bolívar 21.


Publicidad del Salón Bach, ubicado en Madero 32, su última morada. En este lugar fue asesinado el trovador yucateco Guty Cárdenas el 5 de abril de 1932.

También se habla del Salón Wondracek, ubicado en la esquina de la Cerrada del Espíritu Santo y la calle Independencia (hoy esquina de Isabel la Católica y 16 de Septiembre). Este bar se hizo famoso porque su primer dueño, Stanislao Wondracek, de nacionalidad polaca y radicado en México, había aprovechado el remate que Benito Juárez hacía de las propiedades de Maximiliano de Hasburgo, entre las cuales se hallaba una extensa bodega con 7,612 botellas, cuyo valor en ese momento era de $22,836.°° (Ceballos, 2006: 109). Tanis, como le decían a Stanislao, compró aquellas botellas, mismas que fue despachando en su cantina hasta que se las acabó. Es en ese momento que decide vender su establecimiento y regresarse a su país. Sería su nuevo propietario, quien con toda ventaja, rellenara aquellas botellas con licores de mala calidad y vendiera el interior como si fuera de las botellas originales. Esta cantina fue demolida para construir el actual edificio de la Casa Boker en 1898.

Edificio Bóker en 1905 recién construido. En el predio que ocupa actualmente este edificio, se encontraba el Salón Wondracek.

Otro lugar muy peculiar frecuentado por los decadentistas, sería un salón clandestino y opuesto a la moral burguesa, pero frecuentado por grandes figuras del porfiriato como Justo Sierra (Tablada, 1993: 45): la Perfumería de la Baronesa de Liesta. Este salón, se disfrazaba de día como una perfumería y a partir del mediodía se iría transformando en un ameno lupanar o como recordaría José Juan Tablada, en un “ministerio de la galantería (Tablada, 1993: 43). Julio Ruelas, quien por cierto, vivía en la misma calle donde se hallaba este burdel, en el Callejón de la Olla (hoy 2ª. Cerrada de 5 de mayo), realizó una interesante pintura sobre una de sus paletas de trabajo, en donde retrata una noche dentro de este lugar. En la pintura se puede ver a Rubén M. Campos, Bernardo Couto Castillo, Ciro B. Ceballos y al propio autor, quien se retrata lóbrego sentado junto al piano que está siendo tocado probablemente por Ernesto Elorduy, amigo cercano de los decadentistas. El edificio en donde se encontraba este salón ya no existe, en su lugar se erigió uno moderno, cuya entrada principal se encuentra en el número 49 de la Av. 5 de mayo. Lo mismo sucedió con la antigua casa en donde vivía Julio Ruelas con sus hermanos, que fue demolida entre 1904 y 1905 para levantar ahí un edificio en 1906, diseñado por el arquitecto Genaro Alcorta.

Avenida 5 de Mayo en 1900. Al fondo remataba con el Teatro Nacional, demolido un año después. Pasando la primer calle (Palma) del lado izquierdo, se encontraba la Perfumería de la baronesa de Liesta, una casa de citas clandestina muy frecuentada por la burguesía.

El bar La América, era el lugar al que remataban, ya estimulados, los decadentistas. Este establecimiento, al que hoy se le denominaría como “After hour”, permanecía abierto toda la madrugada, y en su interior no solo se vendía alcohol, sino también comida. Su ubicación era en la cuchilla formada por la avenida Juárez, la 2ª. Calle de Dolores y una antigua calle llamada Coajomulco, cuya huella aún se puede percibir en el interior de la Plaza Juárez, a un lado del conjunto de la Secretaría de Relaciones Exteriores. El edificio en donde se encontraba este bar ya no existe, fue demolido en la década de los años treinta. Por las crónicas que hay acerca de este lugar, se sabe que los decadentistas salían después de las cinco de la mañana, para ir a tomar el primer tren que los dejaría en Tlalpan, donde vivía Jesús E. Valenzuela, quien los esperaba en su casa para compartir de “un reparador almuerzo con pozole al estilo de Chihuahua” (Campos, 1996: 112).

En esta fotografía tomada en 1930 sobre la avenidas Juárez, se observan las calles de Dolores (a la izquierda) y Coajomulco (a la derecha). En ese edificio se encontraba el Bar La América, lugar que fungía como el “After hour” de fines del siglo XIX.

Casi la totalidad de los lugares que frecuentaba el grupo decadentista desapareció para dar lugar a otra arquitectura que se adecuara a los “nuevos tiempos”. Paradójicamente, los decadentistas serían la primera vanguardia del siglo XX, pero también una vanguardia incapaz de ofrecer una alternativa al porfirismo, tomando en cuenta que pocos años después, estallarían los primeros conflictos con los que empezaría el movimiento armado de 1910. Su madrugadora llegada al escenario cultural del país impidió que se ganaran el interés y la simpatía de la sociedad, y a ellos no les interesó. Amado Nervo en 1896 diría al respecto:

“Pretender que un literato, por el solo placer de que lo lea un pueblo ignaro, retroceda cincuenta años en cuestión de procedimientos literarios, y todavía así abata su idea y la forma que la que la encierra hasta un nivel mezquino, sería injusto.” (Clark, 2002: 165)

El poeta Ramón López Velarde adverso al decadentismo, representaría la otra escuela literaria; y quizá con ello se vislumbraría esa discrepancia histórica entre dos escuelas literarias distintas, mismo antagonismo que fuera protagonizado en tiempos postrevolucionarios por los estridentistas y los contemporáneos.

Paradójicamente, la ciudad de los decadentistas fue demolida para alojar a la modernidad urbana, no quedó ni un lugar en pie, de aquellos que frecuentaban. La ciudad cambió de piel y sus calles de nombre; sin embargo, todo lo que hay ahora puede ser reconstruido a partir de las crónicas antes citadas: una ciudad fantasma y una herida que no cerró, que fue la calle Coajomulco y hoy persiste dentro de la zona comercial de la Plaza Juárez esperan se recorridas de nuevo, después de este confinamiento.

Según Ascher, la tercera revolución urbana moderna se inicia tras las “reflexiones” que se dieran en la posmodernidad para superar a esa modernidad “mesiánica” y “determinista” que había surgido iniciado el siglo XX. A su vez, los adelantos tecno-científicos y la nueva situación Geopolítica en el siglo XXI, promueven nuevas discusiones y planteamientos de nuevos modos de vida, que el autor mira con optimismo. Las ciudades van cambiando, y al igual que a los decadentistas les tocó ver la desaparición de la ciudad decimonónica, en este tiempo somos testigos del surgimiento de otra ciudad, sólo basta ver cómo en menos de diez años se han levantado decenas de nuevos edificios sobre la Avenida de la Reforma, Santa Fé, y en otros puntos de la ciudad que antes sonaban inverosímiles que se levantaran como en el antiguo pueblo de Xoco en la Alcaldía Benito Juárez. La pandemia del Covid 19 también ha venido a plantear la urgencia de nuevos cambios en la arquitectura y el urbanismo. Gran cantidad de artículos han sido publicados en donde se vislumbra el entusiasmo por un cambio de paradigma; sin embargo y Ascher lo evidenció, las drásticas transformaciones en las ciudades se han dado al cambiar el modo en que las sociedades producen sus medios de susbsistencia ¿Qué se avecina para ellas? ¿Qué dirá la literatura de ello?


BIBLIOGRAFÍA

Ascher, François, Los nuevos principios del urbanismo, Madrid, Alianza Editorial, 2004.
Benjamin, Walter, El libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2005.
Campos, Rubén M., El bar. La vida literaria de México en 1900, México, UNAM, 1996.
Ceballos, Ciro B., Panorama mexicano 1890-1910 (Memorias), México, UNAM, 2006.
Clark De Lara, Belem y Zavala Díaz, Ana Laura, La construcción del Modernismo, México, UNAM, 2002.
Tablada, José Juan, Las sombras largas, México, CONACULTA, 1993.




Crónica de una deriva nocturna a través de flores

Imagen: Sin título, de la serie "Distópolis". Autor Israel Meneses Vélez.

La noche se desgastaba con las horas húmedas por el alcohol y por una charla que prometía morir en cualquier momento. Así sucedió, la mayoría de los invitados se acostaron en las recámaras desocupadas. Fuimos tres los sobrevivientes que trago a trago absorbieron sus nostalgias mudas y secretas. Lo demás fue el monótono bla-bla-bla que se confundía con la música, el humo de los cigarros y otros tragos más. Mi mente se encontraba unas horas atrás, cuando llegamos a la casa. De entre las cosas que yo cargaba, un ramo de rosas que alguno de mis amigos compró a nuestras compañeras, me  humedecía las manos. En la esquina de Orozco y Berra y Buenavista, siluetas de meretrices se movían en la oscuridad bajo el ritmo de la concupiscencia. Al acercarnos fue natural el impulso de dirigirme a ellas y ofrecerles una flor. Me miraron sorprendidas, un pequeño destello de inocencia asaltó la mirada de quien estiró primero la mano; las demás, se alejaron un poco, sólo estábamos ella y yo. Le pregunté su nombre, me dijo Todas. Le deseé suerte para esa noche y me despedí estrechando su mano. Al alejarme, un grito rompió la suavidad del murmullo nocturno: “¡ahora te quiero más!”, me reí del piropo y llegué a la esquina contraria, en donde me esperaban los amigos. Ese momento se había quedado en mi mente, había sorteado las horas, la charla, la música. Una que otra pregunta dirigida hacia mí, me devolvía a un presente deformado por los excesos. De pronto, todo fue un vertiginoso ir y venir en el tiempo; extenuado por la ansiedad, cambié la plática con un repentino “me gustó haber ofrecido esa flor”. Mis amigos se quedaron sorprendidos por un momento, y después de compartir tibiamente la emoción conmigo, se abrió paso a una atmósfera dionisiaca. No recuerdo si la música paró, o si alguien bajó el volumen, pero aquella frase: “¡vamos a ofrecerles flores a las prostitutas!”, devoró al silencio. Contagiados por el mismo sentir, salimos cargando las flores como si estuvieran escurriendo deseos aún no cumplidos.


     En la primera esquina esperaba una chica que todavía llevaba consigo a su pasado, a aquel hombre que alguna vez fue, su gran estatura y su gruesa voz así lo confirmaron. Cuando le ofrecimos la flor, tardó en reaccionar; su rostro completamente perturbado nos demostró lo frágil que suele ser la cotidianidad. Seguimos caminando, doblamos a la derecha por Puente de Alvarado hasta que encontramos a un grupo numeroso de meretrices que nos rodearon al vernos juntos y jóvenes. Antes de que nuestro cometido se confundiera con una noche de lujuria, sacamos varias flores y las repartimos como si fueran pan caliente. Después de las risas, los abrazos y las bromas, continuamos nuestro camino como misioneros noctívagos en un abismo. La mejor forma para no perderse en la ciudad es caminar sin tener un lugar a dónde llegar. Nuestro mapa eran las sombras a lo lejos, nuestro móvil las flores. En cada esquina una flor fue sembrada en manos vacías, o en algunos casos, manos que cargaban la desolación encarnada en una estopa humedecida en thiner. A pesar de todo, las sonrisas iluminaron intermitentemente las oscuras calles de mi ciudad. En otras circunstancias aquellas calles parecían la boca de la perdición, pocas personas las cruzan y peor aún en las madrugadas; en otras circunstancias somos otros, pero esta vez fuimos lo otro, el abono que cada noche alimenta las raíces de una ciudad fantasma, desvelada mi ciudad. Las flores se fueron agotando así como la oscuridad que lentamente comenzó a despintarse. Detrás de nosotros las calles parecían haber cambiado de piel, el pavimento se cubrió de pétalos y la resaca comenzó a florecer en nosotros, recordando que en cualquier momento seríamos los mismos. Al llegar a mi casa nos despedimos, ellos se fueron a las suyas, pero cada uno sabía que en nuestras propias almohadas nos esperaba una flor impacientemente.

La niña que contuvo al universo en su mirada

Fotografía intervenida por el autor de este texto. Fotografía original de Frank Fournier, ganadora del Word Press Photo en 1986. La intervención se realizó para disminuir la crudeza que pueda derivar del presente relato. 


El artista José Jimenez Ortiz fue uno de los doce artistas que participó en el 1er Salón de Arte y Ciudad, evento que se realizó del 8 al 22 de febrero de 2019 en la Galería Los 14, en la colonia San Rafael, CDMX. Hablaré solo de una proyección de su autoría, la cual motivó el presente escrito. Era una proyección en blanco y negro, en donde el autor exploró las ruinas que dejó la erupción del volcán Nevado del Ruiz, en el Departamento de Tolima, Colombia, sepultando a una población casi en su totalidad, tragedia en la que murieron más de 20,000 personas. La proyección la formó una serie de videos en fijo, en donde el autor permite al espectador escuchar los sonidos y movimientos de una flora y fauna que renació en aquella “Pompeya” moderna. Lo que se ve y escucha en ellos, contrasta con lo que ocurrió aquel 13 de noviembre de 1985 en Armero, nombre de aquella población arrasada por el lahar. Ese contraste permite vislumbrar que ante un mal, por catastrófico que sea, es posible que haya una recuperación, ya sea ecológica, social o moral. Al menos esa fue mi percepción personal, tan personal como la experiencia descrita en estas palabras.

El tema me interesó porque dos meses antes de aquella tragedia, otra había golpeado a la ciudad de México: el sismo del 19 de septiembre de 1985. Me propuse investigar un poco sobre lo ocurrido en Armero y así lo hice el domingo 25 de febrero de 2019. Me encontraba sumergido en una resaca que se negaba a olvidar la noche anterior. Mi soledad era un territorio yermo, y la tarde caía en mi noche interior. Lentamente comencé a adentrarme en las lecturas sobre aquel fúnebre episodio colombiano…

Casi un año antes, en agosto de 1984, vulcanólogos ya habían advertido a las autoridades una alta posibilidad de que el Nevado del Ruiz tuviera una erupción. Los pobladores tuvieron varias reuniones en donde reflejaron su justificada preocupación; sin embargo, las autoridades hicieron caso omiso. Algunos sobrevivientes relatan que los ríos y arroyos bajaban de la montaña cada vez más sucios. Se experimentó varias veces lluvia de cenizas, como aquella que cayó intensamente el 13 de noviembre desde las 3 de la tarde. Para las siete la cruz roja local recomendó la evacuación, pero para las 9:30 de la noche el volcán hizo erupción, derritiendo parte del hielo que lo corona. A las 11:30, mientras gran parte de la población dormía o se disponía a dormir, un lahar arrasó a armero, enterrando y destruyendo a la gran mayoría de las viviendas y otros edificios. La incomunicación duró toda la madrugada, hasta que a las 5:30, el piloto de un avión de fumigación sobrevoló la zona en lo que sería un día de trabajo habitual. Rápidamente se comunicó con los noticieros de la radio nacionales: “¡Armero quedó borrado del mapa!”, la voz de Fernando Rivera, piloto aviador, anunció a todo un país sobre esta tragedia. Como ocurre en estos casos, el estado es incapaz de reaccionar inmediatamente, mas no la población. Cientos de rescatistas llegaron a la zona, la cual fue difícil en extremo acceder, porque los lahares arrasaron con las carreteras y puentes alrededor de este lugar. En los videos se puede vislumbrar la dificultad que resultaba al caminar entre el fango y el espeso barro.

Mientras un grupo de rescatistas recorría la zona devastada, un ligero movimiento entre el fango y los escombros llamó su atención. Al acercarse, con gran sorpresa vieron que era una niña. La totalidad de su cuerpo se hallaba enterrado en el fango, mientras que se sujetaba con toda la fuerza del universo a un palo atravesado para no hundirse más. Llevaba varias horas así. Los fotoperiodistas llegaron y comenzaron a retratar la peor de las agonías que un ser humano puede sufrir. Su nombre era Omayra Sánchez. Existe un video en el que se le puede ver con lucidez sobrehumana diciendo: “Yo vivo porque tengo qué vivir, y apenas tengo trece años, para morir no puedo, no es justo…”. Las horas pasaron y los rescatistas hacían todo lo posible para salvarla. Así se dieron cuenta que ella había quedado prensada entre los escombros, y más abajo pudieron sentir el brazo de su tía, que había fallecido abrazándola. Omayra hablaba con los rescatistas y los fotógrafos, su fuerza interior sirvió de inspiración para muchas personas: “Cuando salga, me tomen una [foto] con la cámara, que salga yo triunfante”. El tiempo se agotaba, el rostro de Omayra comenzó a transformarse, sus ojos comenzaron a oscurecerse por el cansancio y la agonía. Los rescatistas vieron que la amputación era imposible al encontrarse debajo del fango y que el agua podía subir de nivel. Omayra se despedía: “Mami, te quiere mucho mi papi, mi hermano y yo. Adiós Madre.” Después de 72 horas luchando por sobrevivir, Omayra muere de un paro cardiaco. Su madre, que se encontraba en Bogotá en aquel momento ganándose la vida, sufría el peor dolor de su vida.

Mientras escribo esto, las lágrimas me brotan pensando en ello.

Omayra

Por  setenta y dos horas
En tus ojos habitó el universo
¿qué fuerza humana consigue hacerlo?
Tus palabras fueron otras aguas
Límpidas
Transparentes
Saliste del fango volando suavemente
Ángel triunfante
En un mundo de omisiones
Y lucha de clases
Esparzo esta memoria
como diente de león al viento
Niña eterna santa de Armero.

El acto de recordar, de recurrir a la memoria social e histórica es también un acto de empatía, un ejercicio de sentido común que nos lleva a cuestionar nuestro presente, cuestionar nuestro lugar en el mundo y a la historia misma. Esa resaca en la que me encontraba al estudiar esto, de pronto se borró, sólo me quedó el deseo de que una tragedia así no vuelva a ocurrir, de que los desastres naturales no son tan naturales, sino más bien desastres sociales, en un mundo en el que los gobernantes no representan a sus gobernados, y por lo tanto no se preocupan por su seguridad, ni siquiera la mínima, en Colombia, México y en todo el mundo.

Arthur Cravan y León Trotsky: encuentros y desembarques.



Comienza la tarde de un domingo 23 de abril de 1916 en Barcelona. Pronto dará comienzo en el Iris-Park, en la recién ampliada plaza de toros rebautizada como “La monumental”, un evento altamente promocionado. En toda la ciudad se pueden ver carteles que dicen: “Por primera vez en España tendrá lugar la presentación del famoso campeón del mundo Jack Johnson que combatirá contra el campeón europeo Arthur Cravan para disputarse una bolsa de 50000 pesetas para el vencedor”, “¡Todo Barcelona podrá admirar el Jack Johnson de todos los tiempos!”. A pesar de todo ello, el recinto diseñado para tener un aforo de 24,000 personas, apenas y llega a las 5000; peor aún, Félix Suárez Inclán, gobernador civil de Barcelona ha dado la orden de suspender el espectáculo “en cuanto hubiese la menor efusión de sangre”. Habrá que recordar que para esos años el box no es bien visto en España, paradójicamente, el toreo sí. Aún así, la fiesta pugilística da comienzo ante una fría plaza con solo el 20% de las entradas vendidas.



Cartel que anuncia la pelea Johnson-Cravan. Abril de 1916.


Antes de esa pelea, se llevan a cabo otras cinco, de modo que el esperado combate comienza al caer la tarde. Jack Johnson se presenta con unos calzoncillos oscuros mientras que Cravan con unos blancos. La seguridad del boxeador afroamericano se puede ver desde lejos, lo contrario sucede con el rostro y el caminar de Cravan, anuncian un mal augurio; hay quienes especulan sobre una posible embriaguez del “campeón europeo”. En honor a la verdad, habrá qué decir que ese mote le queda grande y es falaz, ya que si bien Cravan ha llegado a ser campeón de su peso en Francia, jamás lo ha hecho a nivel mundial.
Por fin suena la campana que anuncia el inicio de la pelea. Los dos titanes del ring intercambian miradas en medio del cuadrilátero, Jack Johnson tira varios golpes certeros sobre el cuerpo de su oponente, mientras éste intenta defenderse inútilmente. Cuando Cravan cae al piso en el primer asalto, la gente comienza a molestarse, todo pareciera un show cómico en vez de una pelea de calidad. En las fotografías del evento se puede ver el rostro sonriente de Johnson mientras que el europeo se nota preocupado, aturdido. En el sexto round, el norteamericano da un golpe con su brazo derecho que manda a la lona a Cravan. Así termina la pelea, cada asalto duró tres minutos. La gente reclama agitada y ante el miedo de que todo se salga de control, Jack Johnson acepta continuar la pelea con dos púgiles que piden enfrentarse al campeón, gracias a ello, se evita una desgracia y la policía que anda atenta al evento, se retira.



Fotografía de la pelea Johnson-Cravan. Abril de 1916.


Fotografía de la pelea Johnson-Cravan. Abril de 1916. 


Sobre Jack Johnson se pueden decir muchas cosas, y merece un espacio aparte; sin embargo, me gustaría apuntar algunas cosas de importancia. Fue el primer campeón mundial de peso pesado negro en el mundo. Su situación racial le hizo enfrentarse al racismo en todos los niveles, desde la vida cotidiana hasta directamente con el gobierno. Acusado de haber cruzado un estado de la Unión Americana con una mujer blanca con fines “inmorales”, se ganó una pena de un año de cárcel, razón por la que huyó del país y se dirigió a Europa. Sin pruebas de ello, se dice que en París conoció a Cravan, razón que ha generado suspicacias en torno a esta pelea. Fue tan singular la vida de este peleador, que el propio Miles Davis le dedicó un disco en 1971 y paradójicamente el presidente Donald Trump le otorgó el “perdón presidencial póstumo” en mayo del 2018, por ese absurdo delito de cruzar un estado con una mujer blanca, quien por cierto, era su novia.
Arthur Cravan también huía, en este caso de la guerra. Su plan era tomar un barco en España y dirigirse a América; mientras tanto, se las ingenió para ganarse la vida dando clases de boxeo en el Real Club Marítimo de Barcelona. Su actividad boxística difuminó los límites de lo deportivo para entrar a lo artístico, no precisamente por las cualidades estéticas del propio deporte, sino porque la singular y polifacética personalidad de Cravan, le imprimió otros significados, al grado que se le ha otorgado el mote de “iniciador del performance y el happening”. No resulta extraño que ahí mismo en Barcelona, bajo la dirección de Francis Picabia, Cravan colaborara en la publicación del primer número de la revista dadaísta 391. 


Primer número de la revista dadaísta 391.

Se podría decir someramente, que Arthur Cravan se aprovechó de la fama de quien fuera su tío político: Oscar Wilde, y sin lugar a dudas pudo haber ocurrido, puesto que siempre lo recordaba; sin embargo, su personalidad le hizo independizarse y ganarse por sí mismo el merito histórico de ser una de las personas más influyentes del arte de las vanguardias en el siglo XX, aún cuando su obra es por demás escasa. Arthur por Rimbaud y Cravan por el pequeño poblado en donde vivió su primer amor, en realidad se llamaba Fabian Avenarius Lloyd. Su padre era hermano de Constanza, esposa de Oscar Wilde. A partir de 1909 radica en París, donde frecuenta los círculos artísticos de la vanguardia en ciernes. En 1912 publica una revista literaria llamada Maintenant, la que él mismo vendía en un carrito que empujaba por las calles parisinas. La actividad principal de esta revista fue la crítica de arte, cosa que Cravan lo hacía implacablemente, muchas veces motivado solamente por la polémica, más allá de la razón. Con ello ganó el efímero desprecio de artistas como Guillaume Apolinaire, quien en una ocasión lo retó a duelo por haber criticado ferozmente a su esposa la pintora Marie Laurecin. En esa revista, el boxeador escribió también alrededor de una docena de poemas que en palabras de R. Balius i Juli, eran “mal construidos y poco originales”. Aún así, se ganó el mote de “Poeta”, el “poeta-boxeador”.
Llega a España en diciembre de 1915 y después de aquella “estafa”, como nombraron los asistentes a la pelea con Jack Johnson o “performance” como nombraran otros años después  a este evento, y ante la inminente amenaza de la extensión de la guerra, Cravan decide que es tiempo de dejar el viejo continente. En diciembre de 1916 se dirige a Cádiz y compra a la Compañía Trasatlántica Española un boleto para Nueva York.

_________________________________________________________________________________


Es diciembre de 1916, y en Cádiz se preparan las fiestas de Navidad. Lev Davídovich Bronstein, mejor conocido como León Trotsky es forzado a tomar un barco a La Habana, Cuba. Él se resiste, quiere ganar tiempo, existe la posibilidad de que le den asilo en Suiza o Italia. Mediante cartas a diestra y siniestra logra que le concedan más tiempo, pero con una severa condición: que tome el siguiente barco para Nueva York. Su familia le ha telegrafiado, llegará a Barcelona en unos días. “¿Y si mejor los alcanzo en Barcelona y de ahí tomamos juntos la embarcación?”, pensó, por lo que mediante una serie de engorrosos trámites burocráticos y entrevistas personales con varios agentes de policía, le permiten dirigirse a esta ciudad portuaria. La ruta tomada fue Madrid-Zaragoza-Barcelona.


Fotografía de León Trotsky en 1917.

Es el día 22 de diciembre, Trotsky llega a Barcelona. Se asombra de la manera en que la modernidad ha reconfigurado a una ciudad industrial. Camina por las calles observando su arquitectura, seguramente pasa frente a la Casa Batló, Milá y quizá visita la colonia industrial Güell, diseñadas por Antonio Gaudí. Esas relaciones contradictorias entre lo moderno, lo tradicional y lo industrial le hacen reflexionar a Trotsky y escribe en su libreta: “Cataluña ha conservado hasta hoy sus tendencias separatistas. Tradiciones históricas difíciles de borrar, y no simplemente a consecuencia de una mentalidad conservadora, sino porque, conservando su forma habitual renuevan imperceptiblemente su contenido”.
Un par de días después llega su esposa Natalia Sedova y sus hijos Sergei y Lev de ocho y diez años respectivamente. Los niños, acostumbrados al frío gris, saltan contentos por las calles y se pasan todo el día comiendo fruta mientras las olas del mar rompen a lo lejos.
Es 25 de diciembre, ha llegado la hora de abordar el "Montserrat", buque trasatlántico que los llevará a Nueva York. Trotsky dirá: “El Monserrat era un barco medio desmantelado, en el que resultaba temerario cruzar el Océano. Pero el navegar bajo el pabellón neutral de España, en aquellos tiempos de guerra, reducía los peligros de morir ahogado. Y la Compañía española se aprovechaba de esto para cobrar una enormidad de dinero por el pasaje, instalando míseramente a los pasajeros, y dándoles un trato peor todavía.” El buque parte de Barcelona, y va parando en cada puerto, donde por cierto, la policía le hace una estricta revisión a nuestro personaje. Valencia, Málaga, y la última noche de 1916, el barco se detiene frente a Gibraltar. Los pasajeros es abrazan los unos a los otros, es año nuevo. Horas después, el Montserrat hará la última escala en Europa: Cádiz.  


Fotografía del buque trasatlántico "Montserrat".

Se le es permitido a Trotsky bajar de la embarcación y aprovecha para dar el último paseo junto con su familia. Pasan por la calle del Duque de Tetuán y sus ventanas blancas mostrando la desnudez de las habitaciones; la soberbia de la estatua de Moret viendo el horizonte marítimo se hace presente en el paseo. Entran por un momento a la biblioteca y Trotsky les dirá a sus hijos: “guarden silencio, escuchen cómo trabaja la polilla…”. La nostalgia acompaña a la familia de regreso al barco, ahí duermen su última noche en el viejo continente.

_________________________________________________________________________________


Es la mañana del 2 de enero de 1917. La tripulación del Montserrat se prepara para partir. Llegan pequeñas embarcaciones con el último grupo de pasajeros. De entre ellos, “un inglés gigante, ancho de hombros y de semblante joven y bastante agradable. Anda –tambaléase- en enormes zapatillas. Desvívense por él dos admiradores […]”. Es Arthur Cravan abordando el barco, a sus veintinueve años ya tiene la personalidad para deslumbrar a un hombre de treinta y ocho como Trotsky.
Estos dos personajes entablan buena relación a bordo del barco. En sus memorias, León Trotsky escribe: “Veo por primera vez a este hombre alegre y jovial, embutido en estrecho uniforme, que pone de relieve las redondeces del cuerpo, con un gorrito morado, inclinado sobre la cara mofletuda y afeitada, con el pitillo en los labios y las manos en los bolsillos […]”. La imagen que ofrece Trotsky es la misma que se puede ver en una de las fotografías más famosas de este personaje, en donde Cravan aparece con un sombrero y mira retadoramente a la cámara mientras cubre la enormidad de su cuerpo con un abrigo de piel.

Fotografía de Arthur Cravan.

El viaje trasatlántico a bordo del Montserrat durará alrededor de quince días. Mientras tanto, los pasajeros se van conociendo. Una de esas noches, Cravan le confesará a Trotsky: “me resulta más agradable ir a hundirles las quijadas a los caballeros yanquis en el noble sport boxeístico, que dejarme traspasar la costillas por cualquier alemán desconocido”. Es evidente que la guerra se ha vuelto un asunto de preocupación mundial, y el barco está repleto de desertores de varios países, además de aventureros y especuladores arrojados de Europa.
Rápidamente Trotsky comienza a vislumbrar en Cravan una peculiar inteligencia: “Propaga ideas Nietzcheanas […] Hace observaciones que no están fuera de lugar.” Se da cuenta que ese atleta sabe inglés, francés, alemán, italiano, griego antiguo y hasta declara “¡y cómo lo sabe!-. Está estudiando español y se ocupa de música”. Esa cualidad políglota de Cravan forma parte de su polifacética personalidad, múltiple; misma que refleja en las siguientes palabras:

“Quisiera estar en Viena y en Calcuta,
Tomar todos los trenes y todos los barcos,
Fornicar con todas las mujeres y devorar
Todos los platos.
Mundano, químico, puta, borracho,
Músico, obrero, pintor, acróbata actor;
Viejo, niño, estafador, pillo, ángel y
Fiestero; millonario burgués, cactus,
Jirafa o cuervo;
Cobarde, héroe, negro, simio, Don Juan,
Padrote, lord, campesino, cazador,
Industrial,
Flora y Fauna:
¡Soy todas la cosas, todos los hombres y
Todos los animales!”

Los días y las noches en altamar han sido tranquilos. Los hijos de Trotsky corren a lo largo y ancho del trasatlántico: “El barco, abarrotado de pasajeros, abre a los pequeños un extraordinario campo de observaciones. Me hacen copartícipe de sus impresiones, varias veces al día, y con frecuencia me admiran sus ideas y su lenguaje.”
En cuanto se acercan a América, Trotsky recordará: “Cuando hubimos pasado Terra Nova el tiempo cambió de repente: viento, después lluvia. El barco empezó a cabecear y a balancearse en serio y alguien faltó a la comida. Luego la cosa se puso peor. El Montserrat cruje, bucea y traga agua. En cubierta algunos solitarios. El boxeador se balancea, haciendo aforismos geniales:
- ¿Qué es el océano? Un vacío esférico, lleno de agua salada, embravecida… Un poeta francés llamaba al mar “viejo solterón”. ¡Sea; pero lo cierto es que impone, marea y hace vomitar!”. Seguramente Trotsky ríe a carcajadas, mientras Cravan se queja y reflexiona en su embriaguez de alcohol y marejadas. 
Son las tres de la mañana del domingo 13 de enero. Trotsky recuerda: “Entramos en Nueva York. Dan las tres de la madrugada. Nos levantamos. Está obscuro. Frío, viento, lluvia. Atraca un vaporcito postal al nuestro. Se rompen las amarras y por poco no se deshace contra el Montserrat. Gritos. Amanece. En el puerto, holgado durante la guerra, hay aún muchos navíos. Cielo gris sobre el agua verde-gris. Gotas de lluvia. El barco se pone de nuevo en movimiento. Orillas veladas por la niebla. Arboledas de invierno. Edificios de puerto. Todo predice la gigantesca mole que por ahora se oculta aún en el amanecer brumoso.” Por su parte, desde algún lugar del barco, Arthur Cravan divisa el nuevo horizonte y piensa:

“El ritmo del océano mece los trasatlánticos
Y en el aire los gases bailan como trompos,
[…]
Avanzan como osos, los Atléticos marineros.
¡Nueva York!, ¡Nueva York! ¡Quisiera habitarte!”

_________________________________________________________________________________

No sólo coinciden estos dos personajes en su travesía en altamar, sus vidas aunque distantes entre sí, presentan algunos parecidos. En Nueva York, cada uno se dedica a dar conferencias y a escribir. Trotsky se integró al equipo de emigrados rusos que publicaba el diario Novy Mir (Nuevo Mundo), al cual pertenecían los bolcheviques Nicolái Bujarin, Aleksandra Kolontái y V. Volodarsky. Asombrado por esa “prosaica capital del automatismo capitalista”, Trotsky  alquiló una habitación en el Bronx: “El cuarto nos costaba diez y ocho dólares al mes y tenía una serie de comodidades inconcebibles para un europeo: luz eléctrica, cocina de gas, cuarto de baño, teléfono, montacargas automático para los víveres y otro para bajar el cubo de la basura. Todo esto conquistó en seguida para Nueva York la simpatía de nuestros muchachos. Durante algún tiempo, el teléfono fue el centro de su actividad. Ni en Viena ni en París habíamos tenido en casa este artefacto guerrero.”
Por su parte, Cravan continuó escribiendo y dando conferencias; se dice que en una  de ellas, disparó al aire para “sacar a la concurrencia de su cómodo tedio natural”. En una ocasión, invitado por Francis Picabia y Marcel Duchamp para disertar en el Salón de los Independientes en Nueva York, Cravan dio una conferencia en la que destaca su dote “performancero”: mientras hablaba, de pronto comenzó a moverse bailando lentamente hasta que todo se convirtió en un ralo striptease. Todo ello provocó un escándalo entre los asistentes y tuvieron que interrumpir el evento.
Si bien, a Trotsky se le conocía por su seriedad, no por ello surgirían varias especulaciones acerca de su actividad en los dos meses que estuvo en Nueva York. Se hablaba de que había sido sastre, lavaplatos en un restaurante, y la más peculiar de estas historias, fue la que se publicó en el New York Herald Tribune algunos años después, en ella se afirmaba que Trotsky había fungido como “jefe de estación” en una película titulada “Mi esposa oficial”, el autor de este texto dice que como actor era un fiasco: sin personalidad ni sex appeal.
Al entrar Estados Unidos a la guerra, Arthur Cravan decidió continuar su viaje hacia la nada y se dirige a México en 1918, en pleno movimiento revolucionario. Se instala en la Ciudad de México, en manos de los carrancistas y renta una habitación del Hotel Juárez sobre la calle de Tacuba. También se asocia con Enrique Ugartechea, a quien se le reconoce como el inventor de la lucha libre, dueño además, de la “Escuela de Cultura Física”. Mina Loy, otro personaje que merece un espacio propio, alcanza a Cravan ya embarazada de éste. Aquí se da cuenta que tanto el movimiento armado, así como la vida llena de deudas por parte de Cravan no le garantizan la tranquilidad necesaria como para dar a luz y decide partir a Buenos Aires, en donde Cravan la alcanzaría después de haber pagado sus deudas en México. El desenlace de esta historia es por demás conocida. Arhur Cravan, el poeta-boxeador se dirige a Veracruz, ahí roba una pequeña embarcación y parte a altamar con la loca idea de llegar a Buenos Aires. Enrique Vila-Matas dice que “su mejor obra fue desaparecer, sin dejar huella alguna, en aguas de México”.
Por otro lado, León Trotsky regresa a Rusia en plena efervescencia revolucionaria y ahí protagonizará la revolución más importante del siglo XX, y la defensa de ésta como jefe del ejército rojo. Con la muerte de Lenin, y la degeneración burocrática del joven estado obrero, el poder recae en manos de Stalin. Hubo una férrea lucha contra ello; sin embargo, las purgas orquestadas por Stalin debilitaron a la fracción de oposición de izquierda que lideraba Trotsky. Finalmente en 1929 es expulsado de la Unión Soviética. A partir de entonces emprendió un largo exilio que lo llevó por Asia, Europa y América. No ha habido personaje que haya sufrido destierro semejante como este hombre, a quien se le vio como una amenaza por sus ideas revolucionarias. Stalin hizo todo lo posible para acabar con este revolucionario, matando y obligando al suicidio a toda su estirpe. ¿Qué consecuencias anímicas podría traer esto a Trotsky y a su esposa Nathalia?
Gracias a que intercede ante el gobierno, la antropóloga e historiadora Anita Brenner entre otros artistas e intelectuales, León Trotsky es aceptado en México en 1937, después de que muchos países le negaron la entrada. Tres años después y con el antecedente de tentativa de homicidio por parte de Siqueiros, Trotsky fue asesinado en su casa de Coyoacán al enterrarle un piolet en la cabeza, Ramón Mercader, partidario de Stalin. De esta manera se daría fin a la vida del Profeta armado, desarmado y desterrado… y porqué no, “deslenguado” como tiernamente lo apodaba Carlos González Lobo, el arquitecto.


Tanto Cravan como Trotsky tuvieron el desenlace de sus vidas en México. El primero formó parte de la revolución del arte en el siglo XX; el segundo, de la revolución social con mayor impacto en la historia del mismo siglo. Arte y revolución no están peleados, aunque a veces sus caminos parezcan distantes. Alguna vez Trotsky comentó que Cravan “había nacido para luchar en la arena de los circos; pero no en los campos de batalla”, he aquí el epitafio para este escrito.