Aún no
dan las 6 de la mañana, pero la oscuridad promete partir en cualquier momento.
Los olores salen junto al vapor que emana de los puestos de comida que
comienzan a poblar las banquetas. Por ahí camina la clase obrera, sus pasos
rápidos e imparables recuerdan que por cada minuto tarde, su salario es mermado
significativamente. “¡Prensa obrera!”, se escucha en una plaza afuera de la estación del metro. Detrás de aquella voz, pareciera resumirse una larga historia de lucha de clases. En algún momento, en cada salida del metro, las voces se multiplican: “¡sobre la farsa burguesa de la cuarta transformación! ¡Las trabajadoras de Yakima en Estados Unidos nos están dando una lección de lucha!”. De una de las calles que rodean la plaza, llega un trabajador de corta edad y con un cubreboca de calavera. Se sienta en una agrietada banca de concreto y descansa por un rato. Su mirada coincide por momentos con la de la persona que grita. Después de unos minutos pregunta: “¿me puedes mostrar uno?”, al recibir la prensa, sus ojos parecen abrirse aún más, “¿tienes otros?”, tiene hambre, otro tipo de hambre. “Trabajo en una fábrica de colchones, acabo de salir, trabajé toda la noche, ¿se ve en mis ojos?”. Tiene los ojos muy rojos. Poco a poco su confianza va cediendo. “La semana pasada un compañero se fue antes de terminar su turno, dicen que tenía Covid… no ha venido en toda la semana”. Después de aquella charla, se quedó un rato más leyendo en la banca. El sol comenzó a mostrar los detalles de los rostros que llegan y se van a la hora del cambio de turno; el rostro de los imprescindibles, de quienes algún día harán justicia.
Flâneur - Arquimista. Crónica, poesía, artes visuales, fotografía, arquitectura, textos varios.
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Crónicas Industriales I
La ciudad de los decadentistas
"La paleta", 1900. Pintura de Julio Ruelas en donde retrata el ambiente en una casa de citas. Los protagonistas son los escritores decadentistas que conformaron la Revista Moderna. Al fondo, lúgubre y sentado junto al piano, se observa al autor de esta pintura.
Según el
sociólogo y urbanista François Ascher, la sociedad ha pasado por tres
revoluciones urbanas modernas (Ascher, 2004). La primera, comprendió la
transformación de la ciudad medieval a la ciudad “clásica”, tras el fin de la
Edad Media y el surgimiento del Estado-nación. La concepción del hombre como
centro del universo se evidencia en este estadio con la aparición de la
perspectiva y su implementación en la arquitectura y el urbanismo; además, la
geometría básica se complejiza y se monumentaliza la simetría. Sin olvidar el
contexto económico e histórico, el capitalismo fue extendiéndose, primero como
una función económica propia de artesanos en los burgos, por ser zonas libres
de la jurisdicción feudal, hasta convertirse en un modo de producción que
cambió las condiciones materiales de vida de un gran sector de la población.
Este sistema económico propició los adelantos técnicos idóneos para la
producción de mercancías en serie hasta llegar a lo que se conoce como la
Revolución Industrial, y con ello lo que Ascher llamó como la segunda
revolución urbana. Las ciudades crecieron y fueron reorganizadas en torno a la
industria y a zonificaciones que reflejaron la nueva división de clases sociales.
Aparecieron edificios destinados a nuevos usos, y por lo tanto, con morfologías
completamente nuevas: almacenes, estaciones de ferrocarril, edificios de
correos, etc. En particular, todos estos cambios se hicieron más visibles
durante el siglo XIX, periodo en que el “urbanismo” surge como un fenómeno de
estudio. Con la expansión del capitalismo basado en la producción industrial,
aparecieron también nuevos hábitos de consumo, apoyados con medios de
comunicación también nuevos: carteles comerciales. La arquitectura en sus
diversificaciones, también dio lugar a estos usos, ya sea como lienzos sobre
los que se pintaban o pegaban los anuncios comerciales, hasta tiendas para
dicho uso. Walter Benjamin hablará de ello en “El libro de los Pasajes”, en
donde recuerda las palabras que dijera Eduard Kroloff en 1839:
“Muchas casas parisinas
parecen hoy decoradas al modo del traje de arlequín; es una suma grandes trozos
de papel […]. Los que los pegan se disputan los muros, y llegan a las manos por
una esquina. Lo más curioso es que todos estos carteles se tapan unos a otros
diez veces al día.” (Benjamin, 2005: 198)
El
propio título del libro de Benjamin es muy claro en cuanto a los nuevos
espacios de la ciudad durante la segunda revolución urbana moderna: los
pasajes. El mismo autor se adentrará en este estadio urbano bajo la mirada del Flâneur,
ese personaje errabundo e indolente, dedicado a la exploración urbana. De quién
más, podría Benjamin vislumbrar a esa entidad moderna que de Charles
Baudelaire, estandarte lóbrego de la modernidad, primer profeta urbano, quien
encumbró su obra con la prosa de “El spleen de París”, en cuyas poesías
describe a ese paseante solitario enfrentado a las muchedumbres citadinas:
“Aquel que no sabe poblar su soledad no sabe tampoco estar solo en medio de una
muchedumbre atareada”. Cómo no confundirse y desaparecer entre la multitud,
entre la homogeneidad de la moral burguesa. Aquí aparece otro personaje
baudelairiano: el dandy; quien a pesar de formar parte de la burguesía,
se distinguió de ella por su extravagancia,
por su exigente culto a sí mismo. Jules Barbey d'Aurevilly lo describiría
como alguien que “solo existe cuando hay ojos, los suyos u otros, para
mirarlo”. Y si son otros ojos quienes lo miran, ¿en dónde esos ojos? Son pues
las calles de la ciudad, las piezas clave para completar las personificaciones
literario-urbanas: flâneur-ciudad, spleen-ciudad y dandy-ciudad.
No hay que olvidar otras órbitas literarias como el “parnasianismo” y su
nostalgia hacia las figuras clásicas en un contexto donde la modernidad llega
avasallante, ejemplo de ello es el proyecto urbano modernizador del Barón de
Haussmann a mediados del siglo XIX en Europa. A ello habría que agregar al
paisaje literario moderno el “simbolismo” y el “decadentismo”, bajo la
dirección de Mallarmé y Verlaine, respectivamente. Del primero se puede decir
que su vocación fue la sensibilidad envuelta en el misticismo y del segundo su
irreverencia contra la moral y la ideología burguesa, privilegiando el
individualismo desdichado. Estos movimientos literarios surgieron a partir de
mediados del siglo XIX y culminaron a fines del mismo siglo en Occidente,
momento en que son importados en América Latina. Rubén Darío, José Martí,
Leopoldo Lugones y Manuel Gutiérrez Nájera serían algunos de sus representantes
más notorios en el continente.
Durante
los últimos años del régimen porfirista, México sufrió una serie de cambios,
estimulados principalmente por la “Ley de desamortización de las fincas
rústicas y urbanas de las corporaciones civiles y religiosas de México”
expedida en 1856, razón por la cual, la ciudad de México cambió su fisonomía
abruptamente. Si a ello se le agrega el tardío e incipiente pero vertiginoso desarrollo industrial en el país
(nada comparable con algún país de Europa o Estados Unidos), la arquitectura y
el urbanismo se vieron severamente afectados, al grado de que la ciudad de
México no había tenido cambios tan radicales desde la primera época de la
Colonia. Para ilustrarlo, se pueden nombrar solo algunos de los edificios que
se proyectaron y erigieron en aquella época:
- Joyería La Esmeralda (hoy Museo del
Estanquillo) obra del arquitecto Francisco Serrano en 1890.
- Centro Mercantil, obra de Daniel Garza y
Gonzalo Garita en 1898.
- Edificio del Puerto de Liverpool (el
primero), del arquitecto Rafael Goyeneche.
- Edificio Bóker, de los arquitectos Lemos
y Cordes en 1898.
- Proyecto del Palacio legislativo por el
arquitecto Émile Bernard en 1900.
- Edificio La Mutua, de los arquitectos
Lemos y Cordes en 1900.
- Comisión Nacional de Irrigación del
arquitecto Carlos Herrera en 1901.
- Instituto de Geología del arquitecto
Carlos Herrera en 1901.
- Edificio de Correos del arquitecto Adamo
Boari en 1902.
- El edificio del Casino Español del
arquitecto Emilio González del Campo en 1903.
- El Teatro Nacional (hoy Palacio de Bellas
Artes) del arquitecto Adamo Boari en 1904.
- Edificio de la Secretaría de
Comunicaciones y Obras Públicas (hoy Museo Nacional de Arte) del arquitecto
Silvio Contri en 1906.
- Inspección de Policía del arquitecto
Federico Mariscal en 1906.
- Edificio de la Compañía Bancaria de Obras
y Bienes Raíces (hoy Edificio París) del arquitecto Francisco Serrano.
- Edificio La Mexicana del arquitecto
Genaro Alcorta en 1906.
- El Hospital Psiquiátrico de La Castañeda
(hoy demolido) por el ingeniero Salvador Echegaray en 1909.
Entre
otros.
La
lista anterior enumera una serie de edificios de mediana y gran escala en un
pequeño radio que abarca sólo al Centro Histórico de la ciudad de México, exceptuando a La Castañeda, que se ubicaba en la villa de Mixcoac. Estos
cambios en la imagen de la ciudad fueron sólo una parte de otros de índole
económico, social y cultural, de los cuales la literatura se vio también
afectada. Si bien, Manuel Gutiérrez Nájera sería el precursor indiscutible de
esa literatura cuyo rótulo fue el de “Modernismo” y el órgano con el que se diera
a conocer la “Revista Azul” (1894-1896); serían los escritores decadentistas
unos pocos años después, quienes encabezaran este género literario dentro de lo
que se le denominó como “Decadentismo mexicano”, cuyo medio de difusión fuera
la “Revista Moderna” (1898-1903).
Bernardo
Couto Castillo, a quien por su corta edad y talento se le ha llegado a comparar
(con más entusiasmo que razón) con Arthur Rimbaud y Jesús E. Valenzuela fueron
los iniciadores de esa aventura literaria llamada “Revista Moderna”, a la que
inmediatamente se adhirieron Ciro B. Ceballos, Amado Nervo, Alberto Leduc, José
Juan Tablada, Balbino Dávalos, Rubén M. Campos, Efrén Rebolledo, Francisco M.
Olaguíbel, etc. La revista tuvo una gran calidad no sólo en el ámbito
literario, sino también en el visual, gracias a la participación del artista
Julio Ruelas, aportando con ello la identidad visual que diera a conocer a esta
literatura. Todos estos escritores y artistas fueron testigos de esa ciudad que
moría y daba lugar a otra. Walter Benjamin describe los pasajes como un
fenómeno que afectó la vida cotidiana en las ciudades occidentales a mediados
del siglo XIX; lo mismo sucedió en la ciudad de México años más tarde. Resulta
interesante leer las crónicas que escribiera Rubén M. Campos, publicadas en el
libro titulado “El Bar. La vida literaria en México en 1900”, en donde el autor
describe otro fenómeno:
“El bar era una
institución americana trasplantada a nuestra ciudad en los últimos años del
siglo XIX, y que se había propagado de tal suerte que en cada calle había uno o
dos bares intermedios y en cada esquina había uno, a veces cuatro, uno por cada
esquina. Quien empujara la vidriera suelta y giratoria de un bar, quedaba
asombrado al primer golpe de vista que le presentaba una multitud sedienta y
alegre […]” (Campos, 1996: 32)
En
efecto, fueron los bares los nuevos lugares que un sector de la sociedad
comenzó a frecuentar a finales del siglo XIX, este sector fue la burguesía y la
clase media acomodada. En otro fragmento del mismo libro, Rubén M. Campos diría:
“El calor del sol
meridiano, tórrido en todas las estaciones, dispersaba a toda aquella
muchedumbre que un desconocedor de las costumbres metropolitanas veía asombrado
desaparecer, sin saber dónde […]. Pero lo que no sabían era que todas aquellas
gentes, masculinas sea dicho, se refugiaban en el bar.” (Campos, 1996: 31-32)
El
que Rubén M. Campos hable del “bar” como un fenómeno urbano al cual una “muchedumbre”
acude desde la tarde, hace evidente que los decadentistas mexicanos fueron asiduos
a estos lugares. En el estudio introductorio del libro “Panorama mexicano
1890-1910” de Ciro B. Ceballos, Luz América Viveros comenta:
“Por aquellos años, la
pertenencia al grupo que primero se reconoció como decadente y más tarde ya
como modernista, no fue sólo formal o temática, sino también psicológica e
ideológica; la nueva estética estaba generando adhesiones y deslindes
significativos. Los escritores comulgaban su hostia preferentemente en el bar.”
(Ceballos, 2006: 20)
Si
se escudriñan las memorias que dejaron estos escritores, se podrán ubicar uno a
uno los bares y otros sitios que frecuentaban los decadentistas. De estos
lugares, es el Salón Bach el más visitado por ser el más cercano al local de la
Revista Moderna (Campos, 1996: 116), sobre la calle de Plateros (hoy Av.
Madero). Este salón tuvo diversas moradas sobre esta avenida; sin embargo, sería
en la Av. Madero #32 en donde terminara su peregrinaje, en un edificio diseñado
por Carlos Obregón Santacilia, el cual ya no existe. Sería este Salón Bach, en
donde en 1932, el trovador yucateco Guty Cárdenas fuera asesinado. Hasta hace
poco tiempo (2019), un nuevo Salón Bach invitaba a la nostalgia con su mobiliario
de la época, esta vez ubicado en Bolívar 21.
Publicidad del Salón Bach, ubicado en Madero 32, su última morada.
En este lugar fue asesinado el trovador yucateco Guty Cárdenas el 5 de abril de
1932.
También
se habla del Salón Wondracek, ubicado en la esquina de la Cerrada del Espíritu
Santo y la calle Independencia (hoy esquina de Isabel la Católica y 16 de
Septiembre). Este bar se hizo famoso porque su primer dueño, Stanislao
Wondracek, de nacionalidad polaca y radicado en México, había aprovechado el
remate que Benito Juárez hacía de las propiedades de Maximiliano de Hasburgo,
entre las cuales se hallaba una extensa bodega con 7,612 botellas, cuyo valor
en ese momento era de $22,836.°° (Ceballos, 2006: 109). Tanis, como le decían a
Stanislao, compró aquellas botellas, mismas que fue despachando en su cantina
hasta que se las acabó. Es en ese momento que decide vender su establecimiento
y regresarse a su país. Sería su nuevo propietario, quien con toda ventaja,
rellenara aquellas botellas con licores de mala calidad y vendiera el interior
como si fuera de las botellas originales. Esta cantina fue demolida para
construir el actual edificio de la Casa Boker en 1898.
Edificio Bóker en 1905 recién construido. En el predio que
ocupa actualmente este edificio, se encontraba el Salón Wondracek.
Otro
lugar muy peculiar frecuentado por los decadentistas, sería un salón
clandestino y opuesto a la moral burguesa, pero frecuentado por grandes figuras
del porfiriato como Justo Sierra (Tablada, 1993: 45): la Perfumería de la
Baronesa de Liesta. Este salón, se disfrazaba de día como una perfumería y a
partir del mediodía se iría transformando en un ameno lupanar o como recordaría
José Juan Tablada, en un “ministerio de la galantería (Tablada, 1993: 43).
Julio Ruelas, quien por cierto, vivía en la misma calle donde se hallaba este
burdel, en el Callejón de la Olla (hoy 2ª. Cerrada de 5 de mayo), realizó una
interesante pintura sobre una de sus paletas de trabajo, en donde retrata una
noche dentro de este lugar. En la pintura se puede ver a Rubén M. Campos,
Bernardo Couto Castillo, Ciro B. Ceballos y al propio autor, quien se retrata
lóbrego sentado junto al piano que está siendo tocado probablemente por Ernesto
Elorduy, amigo cercano de los decadentistas. El edificio en donde se encontraba
este salón ya no existe, en su lugar se erigió uno moderno, cuya entrada
principal se encuentra en el número 49 de la Av. 5 de mayo. Lo mismo sucedió
con la antigua casa en donde vivía Julio Ruelas con sus hermanos, que fue
demolida entre 1904 y 1905 para levantar ahí un edificio en 1906, diseñado por
el arquitecto Genaro Alcorta.
Avenida 5 de Mayo en 1900. Al fondo remataba con el Teatro
Nacional, demolido un año después. Pasando la primer calle (Palma) del lado
izquierdo, se encontraba la Perfumería de la baronesa de Liesta, una casa de
citas clandestina muy frecuentada por la burguesía.
El
bar La América, era el lugar al que remataban, ya estimulados, los
decadentistas. Este establecimiento, al que hoy se le denominaría como “After
hour”, permanecía abierto toda la madrugada, y en su interior no solo se vendía
alcohol, sino también comida. Su ubicación era en la cuchilla formada por la
avenida Juárez, la 2ª. Calle de Dolores y una antigua calle llamada Coajomulco,
cuya huella aún se puede percibir en el interior de la Plaza Juárez, a un lado
del conjunto de la Secretaría de Relaciones Exteriores. El edificio en donde se
encontraba este bar ya no existe, fue demolido en la década de los años
treinta. Por las crónicas que hay acerca de este lugar, se sabe que los
decadentistas salían después de las cinco de la mañana, para ir a tomar el
primer tren que los dejaría en Tlalpan, donde vivía Jesús E. Valenzuela, quien
los esperaba en su casa para compartir de “un reparador almuerzo con pozole al
estilo de Chihuahua” (Campos, 1996: 112).
En esta fotografía tomada en 1930 sobre la avenidas Juárez, se
observan las calles de Dolores (a la izquierda) y Coajomulco (a la derecha). En
ese edificio se encontraba el Bar La América, lugar que fungía como el “After
hour” de fines del siglo XIX.
Casi
la totalidad de los lugares que frecuentaba el grupo decadentista desapareció
para dar lugar a otra arquitectura que se adecuara a los “nuevos tiempos”.
Paradójicamente, los decadentistas serían la primera vanguardia del siglo XX, pero
también una vanguardia incapaz de ofrecer una alternativa al porfirismo,
tomando en cuenta que pocos años después, estallarían los primeros conflictos
con los que empezaría el movimiento armado de 1910. Su madrugadora llegada al
escenario cultural del país impidió que se ganaran el interés y la simpatía de
la sociedad, y a ellos no les interesó. Amado Nervo en 1896 diría al respecto:
“Pretender que un
literato, por el solo placer de que lo lea un pueblo ignaro, retroceda
cincuenta años en cuestión de procedimientos literarios, y todavía así abata su
idea y la forma que la que la encierra hasta un nivel mezquino, sería injusto.”
(Clark, 2002: 165)
El
poeta Ramón López Velarde adverso al decadentismo, representaría la otra
escuela literaria; y quizá con ello se vislumbraría esa discrepancia histórica
entre dos escuelas literarias distintas, mismo antagonismo que fuera
protagonizado en tiempos postrevolucionarios por los estridentistas y los
contemporáneos.
Paradójicamente,
la ciudad de los decadentistas fue demolida para alojar a la modernidad urbana,
no quedó ni un lugar en pie, de aquellos que frecuentaban. La ciudad cambió de
piel y sus calles de nombre; sin embargo, todo lo que hay ahora puede ser reconstruido
a partir de las crónicas antes citadas: una ciudad fantasma y una herida que no
cerró, que fue la calle Coajomulco y hoy persiste dentro de la zona comercial
de la Plaza Juárez esperan se recorridas de nuevo, después de este
confinamiento.
Según
Ascher, la tercera revolución urbana moderna se inicia tras las “reflexiones” que
se dieran en la posmodernidad para superar a esa modernidad “mesiánica” y
“determinista” que había surgido iniciado el siglo XX. A su vez, los adelantos
tecno-científicos y la nueva situación Geopolítica en el siglo XXI, promueven
nuevas discusiones y planteamientos de nuevos modos de vida, que el autor mira
con optimismo. Las ciudades van cambiando, y al igual que a los decadentistas
les tocó ver la desaparición de la ciudad decimonónica, en este tiempo somos
testigos del surgimiento de otra ciudad, sólo basta ver cómo en menos de diez
años se han levantado decenas de nuevos edificios sobre la Avenida de la
Reforma, Santa Fé, y en otros puntos de la ciudad que antes sonaban
inverosímiles que se levantaran como en el antiguo pueblo de Xoco en la Alcaldía
Benito Juárez. La pandemia del Covid 19 también ha venido a plantear la
urgencia de nuevos cambios en la arquitectura y el urbanismo. Gran cantidad de
artículos han sido publicados en donde se vislumbra el entusiasmo por un cambio
de paradigma; sin embargo y Ascher lo evidenció, las drásticas transformaciones
en las ciudades se han dado al cambiar el modo en que las sociedades producen
sus medios de susbsistencia ¿Qué se avecina para ellas? ¿Qué dirá la literatura
de ello?
BIBLIOGRAFÍA
Ascher,
François, Los nuevos principios del urbanismo, Madrid, Alianza
Editorial, 2004.
Benjamin,
Walter, El libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2005.
Campos,
Rubén M., El bar. La vida literaria de México en 1900, México, UNAM,
1996.
Ceballos,
Ciro B., Panorama mexicano 1890-1910 (Memorias), México, UNAM, 2006.
Clark
De Lara, Belem y Zavala Díaz, Ana Laura, La construcción del Modernismo,
México, UNAM, 2002.
Tablada,
José Juan, Las sombras largas, México, CONACULTA, 1993.
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Crónica de una deriva nocturna a través de flores
Imagen: Sin título, de la serie "Distópolis". Autor Israel Meneses Vélez.
La
noche se desgastaba con las horas húmedas por el alcohol y por una charla que
prometía morir en cualquier momento. Así sucedió, la mayoría de los invitados
se acostaron en las recámaras desocupadas. Fuimos tres los sobrevivientes que
trago a trago absorbieron sus nostalgias mudas y secretas. Lo demás fue el
monótono bla-bla-bla que se confundía con la música, el humo de los cigarros y otros
tragos más. Mi mente se encontraba unas horas atrás, cuando llegamos a la casa.
De entre las cosas que yo cargaba, un ramo de rosas que alguno de mis amigos
compró a nuestras compañeras, me humedecía
las manos. En la esquina de Orozco y Berra y Buenavista, siluetas de meretrices
se movían en la oscuridad bajo el ritmo de la concupiscencia. Al acercarnos fue
natural el impulso de dirigirme a ellas y ofrecerles una flor. Me miraron
sorprendidas, un pequeño destello de inocencia asaltó la mirada de quien estiró
primero la mano; las demás, se alejaron un poco, sólo estábamos ella y yo. Le
pregunté su nombre, me dijo Todas. Le deseé suerte para esa noche y me despedí estrechando
su mano. Al alejarme, un grito rompió la suavidad del murmullo nocturno:
“¡ahora te quiero más!”, me reí del piropo y llegué a la esquina contraria, en
donde me esperaban los amigos. Ese momento se había quedado en mi mente, había
sorteado las horas, la charla, la música. Una que otra pregunta dirigida hacia
mí, me devolvía a un presente deformado por los excesos. De pronto, todo fue un
vertiginoso ir y venir en el tiempo; extenuado por la ansiedad, cambié la
plática con un repentino “me gustó haber ofrecido esa flor”. Mis amigos se
quedaron sorprendidos por un momento, y después de compartir tibiamente la
emoción conmigo, se abrió paso a una atmósfera dionisiaca. No recuerdo si la
música paró, o si alguien bajó el volumen, pero aquella frase: “¡vamos a
ofrecerles flores a las prostitutas!”, devoró al silencio. Contagiados por el
mismo sentir, salimos cargando las flores como si estuvieran escurriendo deseos
aún no cumplidos.
En la primera esquina esperaba una chica
que todavía llevaba consigo a su pasado, a aquel hombre que alguna vez fue, su
gran estatura y su gruesa voz así lo confirmaron. Cuando le ofrecimos la flor, tardó
en reaccionar; su rostro completamente perturbado nos demostró lo frágil que
suele ser la cotidianidad. Seguimos caminando, doblamos a la derecha por Puente
de Alvarado hasta que encontramos a un grupo numeroso de meretrices que nos
rodearon al vernos juntos y jóvenes. Antes de que nuestro cometido se
confundiera con una noche de lujuria, sacamos varias flores y las repartimos
como si fueran pan caliente. Después de las risas, los abrazos y las bromas,
continuamos nuestro camino como misioneros noctívagos en un abismo. La mejor
forma para no perderse en la ciudad es caminar sin tener un lugar a dónde
llegar. Nuestro mapa eran las sombras a lo lejos, nuestro móvil las flores. En
cada esquina una flor fue sembrada en manos vacías, o en algunos casos, manos
que cargaban la desolación encarnada en una estopa humedecida en thiner. A
pesar de todo, las sonrisas iluminaron intermitentemente las oscuras calles de
mi ciudad. En otras circunstancias aquellas calles parecían la boca de la
perdición, pocas personas las cruzan y peor aún en las madrugadas; en otras
circunstancias somos otros, pero esta vez fuimos lo otro, el abono que cada
noche alimenta las raíces de una ciudad fantasma, desvelada mi ciudad. Las
flores se fueron agotando así como la oscuridad que lentamente comenzó a despintarse.
Detrás de nosotros las calles parecían haber cambiado de piel, el pavimento se
cubrió de pétalos y la resaca comenzó a florecer en nosotros, recordando que en
cualquier momento seríamos los mismos. Al llegar a mi casa nos despedimos,
ellos se fueron a las suyas, pero cada uno sabía que en nuestras propias
almohadas nos esperaba una flor impacientemente.
La niña que contuvo al universo en su mirada
Fotografía intervenida por el autor de este texto. Fotografía original de Frank Fournier, ganadora del Word Press Photo en 1986. La intervención se realizó para disminuir la crudeza que pueda derivar del presente relato.
El
artista José Jimenez Ortiz fue uno de los doce artistas que participó en el 1er
Salón de Arte y Ciudad, evento que se realizó del 8 al 22 de febrero de 2019 en
la Galería Los 14, en la colonia San Rafael, CDMX. Hablaré solo de una
proyección de su autoría, la cual motivó el presente escrito. Era una
proyección en blanco y negro, en donde el autor exploró las ruinas que dejó la
erupción del volcán Nevado del Ruiz, en el Departamento de Tolima, Colombia,
sepultando a una población casi en su totalidad, tragedia en la que murieron más
de 20,000 personas. La proyección la formó una serie de videos en fijo, en
donde el autor permite al espectador escuchar los sonidos y movimientos de una flora
y fauna que renació en aquella “Pompeya” moderna. Lo que se ve y escucha en
ellos, contrasta con lo que ocurrió aquel 13 de noviembre de 1985 en Armero,
nombre de aquella población arrasada por el lahar. Ese contraste permite
vislumbrar que ante un mal, por catastrófico que sea, es posible que haya una
recuperación, ya sea ecológica, social o moral. Al menos esa fue mi percepción personal,
tan personal como la experiencia descrita en estas palabras.
El tema
me interesó porque dos meses antes de aquella tragedia, otra había golpeado a
la ciudad de México: el sismo del 19 de septiembre de 1985. Me propuse
investigar un poco sobre lo ocurrido en Armero y así lo hice el domingo 25 de
febrero de 2019. Me encontraba sumergido en una resaca que se negaba a olvidar
la noche anterior. Mi soledad era un territorio yermo, y la tarde caía en mi
noche interior. Lentamente comencé a adentrarme en las lecturas sobre aquel fúnebre
episodio colombiano…
Casi un
año antes, en agosto de 1984, vulcanólogos ya habían advertido a las
autoridades una alta posibilidad de que el Nevado del Ruiz tuviera una
erupción. Los pobladores tuvieron varias reuniones en donde reflejaron su
justificada preocupación; sin embargo, las autoridades hicieron caso omiso.
Algunos sobrevivientes relatan que los ríos y arroyos bajaban de la montaña cada
vez más sucios. Se experimentó varias veces lluvia de cenizas, como aquella que
cayó intensamente el 13 de noviembre desde las 3 de la tarde. Para las siete la
cruz roja local recomendó la evacuación, pero para las 9:30 de la noche el
volcán hizo erupción, derritiendo parte del hielo que lo corona. A las 11:30,
mientras gran parte de la población dormía o se disponía a dormir, un lahar
arrasó a armero, enterrando y destruyendo a la gran mayoría de las viviendas y
otros edificios. La incomunicación duró toda la madrugada, hasta que a las 5:30,
el piloto de un avión de fumigación sobrevoló la zona en lo que sería un día de
trabajo habitual. Rápidamente se comunicó con los noticieros de la radio
nacionales: “¡Armero quedó borrado del mapa!”, la voz de Fernando Rivera,
piloto aviador, anunció a todo un país sobre esta tragedia. Como ocurre en
estos casos, el estado es incapaz de reaccionar inmediatamente, mas no la
población. Cientos de rescatistas llegaron a la zona, la cual fue difícil en
extremo acceder, porque los lahares arrasaron con las carreteras y puentes
alrededor de este lugar. En los videos se puede vislumbrar la dificultad que
resultaba al caminar entre el fango y el espeso barro.
Mientras
un grupo de rescatistas recorría la zona devastada, un ligero movimiento entre el
fango y los escombros llamó su atención. Al acercarse, con gran sorpresa vieron
que era una niña. La totalidad de su cuerpo se hallaba enterrado en el fango,
mientras que se sujetaba con toda la fuerza del universo a un palo atravesado
para no hundirse más. Llevaba varias horas así. Los fotoperiodistas llegaron y
comenzaron a retratar la peor de las agonías que un ser humano puede sufrir. Su
nombre era Omayra Sánchez. Existe un video en el que se le puede ver con lucidez
sobrehumana diciendo: “Yo vivo porque tengo qué vivir, y apenas tengo trece
años, para morir no puedo, no es justo…”. Las horas pasaron y los rescatistas
hacían todo lo posible para salvarla. Así se dieron cuenta que ella había
quedado prensada entre los escombros, y más abajo pudieron sentir el brazo de
su tía, que había fallecido abrazándola. Omayra hablaba con los rescatistas y
los fotógrafos, su fuerza interior sirvió de inspiración para muchas personas: “Cuando
salga, me tomen una [foto] con la cámara, que salga yo triunfante”. El tiempo
se agotaba, el rostro de Omayra comenzó a transformarse, sus ojos comenzaron a
oscurecerse por el cansancio y la agonía. Los rescatistas vieron que la
amputación era imposible al encontrarse debajo del fango y que el agua podía
subir de nivel. Omayra se despedía: “Mami, te quiere mucho mi papi, mi hermano
y yo. Adiós Madre.” Después de 72 horas luchando por sobrevivir, Omayra muere
de un paro cardiaco. Su madre, que se encontraba en Bogotá en aquel momento
ganándose la vida, sufría el peor dolor de su vida.
Mientras
escribo esto, las lágrimas me brotan pensando en ello.
Omayra
Por setenta y dos horas
En tus ojos habitó el
universo
¿qué fuerza humana consigue
hacerlo?
Tus palabras fueron otras
aguas
Límpidas
Transparentes
Saliste del fango volando
suavemente
Ángel triunfante
En un mundo de omisiones
Y lucha de clases
Esparzo esta memoria
como diente de león al
viento
Niña eterna santa de
Armero.
El acto
de recordar, de recurrir a la memoria social e histórica es también un acto de
empatía, un ejercicio de sentido común que nos lleva a cuestionar nuestro
presente, cuestionar nuestro lugar en el mundo y a la historia misma. Esa
resaca en la que me encontraba al estudiar esto, de pronto se borró, sólo me
quedó el deseo de que una tragedia así no vuelva a ocurrir, de que los
desastres naturales no son tan naturales, sino más bien desastres sociales, en
un mundo en el que los gobernantes no representan a sus gobernados, y por lo
tanto no se preocupan por su seguridad, ni siquiera la mínima, en Colombia,
México y en todo el mundo.
Arthur Cravan y León Trotsky: encuentros y desembarques.
Comienza
la tarde de un domingo 23 de abril de 1916 en Barcelona. Pronto dará comienzo
en el Iris-Park, en la recién ampliada plaza de toros rebautizada como “La
monumental”, un evento altamente promocionado. En toda la ciudad se pueden ver
carteles que dicen: “Por primera vez en España tendrá lugar la presentación del
famoso campeón del mundo Jack Johnson que combatirá contra el campeón europeo
Arthur Cravan para disputarse una bolsa de 50000 pesetas para el vencedor”, “¡Todo
Barcelona podrá admirar el Jack Johnson de todos los tiempos!”. A pesar de todo
ello, el recinto diseñado para tener un aforo de 24,000 personas, apenas y
llega a las 5000; peor aún, Félix Suárez Inclán, gobernador civil de Barcelona
ha dado la orden de suspender el espectáculo “en cuanto hubiese la menor
efusión de sangre”. Habrá que recordar que para esos años el box no es bien
visto en España, paradójicamente, el toreo sí. Aún así, la fiesta pugilística da
comienzo ante una fría plaza con solo el 20% de las entradas vendidas.
Cartel que anuncia la pelea Johnson-Cravan. Abril de 1916.
Antes
de esa pelea, se llevan a cabo otras cinco, de modo que el esperado combate comienza
al caer la tarde. Jack Johnson se presenta con unos calzoncillos oscuros
mientras que Cravan con unos blancos. La seguridad del boxeador afroamericano
se puede ver desde lejos, lo contrario sucede con el rostro y el caminar de Cravan, anuncian
un mal augurio; hay quienes especulan sobre una posible embriaguez del “campeón
europeo”. En honor a la verdad, habrá qué decir que ese mote le queda grande y
es falaz, ya que si bien Cravan ha llegado a ser campeón de su peso en Francia,
jamás lo ha hecho a nivel mundial.
Por
fin suena la campana que anuncia el inicio de la pelea. Los dos titanes del
ring intercambian miradas en medio del cuadrilátero, Jack Johnson tira varios
golpes certeros sobre el cuerpo de su oponente, mientras éste intenta
defenderse inútilmente. Cuando Cravan cae al piso en el primer asalto, la gente
comienza a molestarse, todo pareciera un show cómico en vez de una pelea de
calidad. En las fotografías del evento se puede ver el rostro sonriente de
Johnson mientras que el europeo se nota preocupado, aturdido. En el sexto
round, el norteamericano da un golpe con su brazo derecho que manda a la lona a
Cravan. Así termina la pelea, cada asalto duró tres minutos. La gente reclama agitada y ante el miedo de que
todo se salga de control, Jack Johnson acepta continuar la pelea con dos
púgiles que piden enfrentarse al campeón, gracias a ello, se evita una
desgracia y la policía que anda atenta al evento, se retira.
Fotografía de la pelea Johnson-Cravan. Abril de 1916.
Fotografía de la pelea Johnson-Cravan. Abril de 1916.
Sobre
Jack Johnson se pueden decir muchas cosas, y merece un espacio aparte; sin
embargo, me gustaría apuntar algunas cosas de importancia. Fue el primer
campeón mundial de peso pesado negro en el mundo. Su situación racial
le hizo enfrentarse al racismo en todos los niveles, desde la vida cotidiana
hasta directamente con el gobierno. Acusado de haber cruzado un estado de la
Unión Americana con una mujer blanca con fines “inmorales”, se ganó una pena de
un año de cárcel, razón por la que huyó del país y se dirigió a Europa. Sin
pruebas de ello, se dice que en París conoció a Cravan, razón que ha generado
suspicacias en torno a esta pelea. Fue tan singular la vida de este peleador,
que el propio Miles Davis le dedicó un disco en 1971 y paradójicamente el
presidente Donald Trump le otorgó el “perdón presidencial póstumo” en mayo del
2018, por ese absurdo delito de cruzar un estado con una mujer blanca, quien
por cierto, era su novia.
Arthur
Cravan también huía, en este caso de la guerra. Su plan era tomar un barco en
España y dirigirse a América; mientras tanto, se las ingenió para ganarse la
vida dando clases de boxeo en el Real
Club Marítimo de Barcelona. Su actividad boxística difuminó los límites de
lo deportivo para entrar a lo artístico, no precisamente por las cualidades
estéticas del propio deporte, sino porque la singular y polifacética
personalidad de Cravan, le imprimió otros significados, al grado que se le ha otorgado
el mote de “iniciador del performance y
el happening”. No resulta extraño que
ahí mismo en Barcelona, bajo la dirección de Francis Picabia, Cravan colaborara
en la publicación del primer número de la revista dadaísta 391.
Primer número de la revista dadaísta 391.
Se
podría decir someramente, que Arthur Cravan se aprovechó de la fama de quien
fuera su tío político: Oscar Wilde, y sin lugar a dudas pudo haber ocurrido,
puesto que siempre lo recordaba; sin embargo, su personalidad le hizo
independizarse y ganarse por sí mismo el merito histórico de ser una de las
personas más influyentes del arte de las vanguardias en el siglo XX, aún cuando
su obra es por demás escasa. Arthur por Rimbaud y Cravan por el pequeño poblado
en donde vivió su primer amor, en realidad se llamaba Fabian Avenarius Lloyd.
Su padre era hermano de Constanza, esposa de Oscar Wilde. A partir de 1909
radica en París, donde frecuenta los círculos artísticos de la vanguardia en
ciernes. En 1912 publica una revista literaria llamada Maintenant, la que él mismo vendía en un carrito que empujaba por
las calles parisinas. La actividad principal de esta revista fue la crítica de
arte, cosa que Cravan lo hacía implacablemente, muchas veces motivado solamente
por la polémica, más allá de la razón. Con ello ganó el efímero desprecio de
artistas como Guillaume Apolinaire, quien en una ocasión lo retó a duelo por
haber criticado ferozmente a su esposa la pintora Marie Laurecin. En esa
revista, el boxeador escribió también alrededor de una docena de poemas que en
palabras de R. Balius i Juli, eran “mal construidos y poco originales”. Aún
así, se ganó el mote de “Poeta”, el “poeta-boxeador”.
Llega
a España en diciembre de 1915 y después de aquella “estafa”, como nombraron los
asistentes a la pelea con Jack Johnson o “performance” como nombraran otros
años después a este evento, y ante la
inminente amenaza de la extensión de la guerra, Cravan decide que es tiempo de
dejar el viejo continente. En diciembre de 1916 se dirige a Cádiz y compra a la
Compañía Trasatlántica Española un boleto para Nueva York.
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Es
diciembre de 1916, y en Cádiz se preparan las fiestas de Navidad. Lev
Davídovich Bronstein, mejor conocido como León Trotsky es forzado a tomar un
barco a La Habana, Cuba. Él se resiste, quiere ganar tiempo, existe la
posibilidad de que le den asilo en Suiza o Italia. Mediante cartas a diestra y
siniestra logra que le concedan más tiempo, pero con una severa condición: que
tome el siguiente barco para Nueva York. Su familia le ha telegrafiado, llegará
a Barcelona en unos días. “¿Y si mejor los alcanzo en Barcelona y de ahí
tomamos juntos la embarcación?”, pensó, por lo que mediante una serie de engorrosos
trámites burocráticos y entrevistas personales con varios agentes de policía,
le permiten dirigirse a esta ciudad portuaria. La ruta tomada fue
Madrid-Zaragoza-Barcelona.
Fotografía de León Trotsky en 1917.
Es
el día 22 de diciembre, Trotsky llega a Barcelona. Se asombra de la manera en
que la modernidad ha reconfigurado a una ciudad industrial. Camina por las
calles observando su arquitectura, seguramente pasa frente a la Casa Batló, Milá
y quizá visita la colonia industrial Güell, diseñadas por Antonio Gaudí. Esas relaciones
contradictorias entre lo moderno, lo tradicional y lo industrial le hacen
reflexionar a Trotsky y escribe en su libreta: “Cataluña ha conservado hasta
hoy sus tendencias separatistas. Tradiciones históricas difíciles de borrar, y
no simplemente a consecuencia de una mentalidad conservadora, sino porque, conservando su forma habitual renuevan
imperceptiblemente su contenido”.
Un
par de días después llega su esposa Natalia Sedova y sus hijos Sergei y Lev de
ocho y diez años respectivamente. Los niños, acostumbrados al frío gris, saltan
contentos por las calles y se pasan todo el día comiendo fruta mientras las
olas del mar rompen a lo lejos.
Es
25 de diciembre, ha llegado la hora de abordar el "Montserrat", buque trasatlántico que los
llevará a Nueva York. Trotsky dirá: “El Monserrat era un barco medio desmantelado,
en el que resultaba temerario cruzar el Océano. Pero el navegar bajo el
pabellón neutral de España, en aquellos tiempos de guerra, reducía los peligros
de morir ahogado. Y la Compañía española se aprovechaba de esto para cobrar una
enormidad de dinero por el pasaje, instalando míseramente a los pasajeros, y
dándoles un trato peor todavía.” El buque parte de Barcelona, y va parando en
cada puerto, donde por cierto, la policía le hace una estricta revisión a
nuestro personaje. Valencia, Málaga, y la última noche de 1916, el barco se
detiene frente a Gibraltar. Los pasajeros es abrazan los unos a los otros, es
año nuevo. Horas después, el Montserrat hará la última escala en Europa: Cádiz.
Fotografía del buque trasatlántico "Montserrat".
Se
le es permitido a Trotsky bajar de la embarcación y aprovecha para dar el
último paseo junto con su familia. Pasan por la calle del Duque de Tetuán y sus
ventanas blancas mostrando la desnudez de las habitaciones; la soberbia de la
estatua de Moret viendo el horizonte marítimo se hace presente en el paseo.
Entran por un momento a la biblioteca y Trotsky les dirá a sus hijos: “guarden
silencio, escuchen cómo trabaja la polilla…”. La nostalgia acompaña a la
familia de regreso al barco, ahí duermen su última noche en el viejo
continente.
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Es
la mañana del 2 de enero de 1917. La tripulación del Montserrat se prepara para
partir. Llegan pequeñas embarcaciones con el último grupo de pasajeros. De
entre ellos, “un inglés gigante, ancho de hombros y de semblante joven y
bastante agradable. Anda –tambaléase- en enormes zapatillas. Desvívense por él
dos admiradores […]”. Es Arthur Cravan abordando el barco, a sus veintinueve años ya
tiene la personalidad para deslumbrar a un hombre de treinta y ocho como
Trotsky.
Estos
dos personajes entablan buena relación a bordo del barco. En sus memorias, León
Trotsky escribe: “Veo por primera vez a este hombre alegre y jovial, embutido
en estrecho uniforme, que pone de relieve las redondeces del cuerpo, con un
gorrito morado, inclinado sobre la cara mofletuda y afeitada, con el pitillo en
los labios y las manos en los bolsillos […]”. La imagen que ofrece Trotsky es
la misma que se puede ver en una de las fotografías más famosas de este
personaje, en donde Cravan aparece con un sombrero y mira retadoramente a la
cámara mientras cubre la enormidad de su cuerpo con un abrigo de piel.
Fotografía de Arthur Cravan.
El
viaje trasatlántico a bordo del Montserrat durará alrededor de quince días.
Mientras tanto, los pasajeros se van conociendo. Una de esas noches, Cravan le
confesará a Trotsky: “me resulta más agradable ir a hundirles las quijadas a
los caballeros yanquis en el noble sport boxeístico, que dejarme traspasar la
costillas por cualquier alemán desconocido”. Es evidente que la guerra se ha
vuelto un asunto de preocupación mundial, y el barco está repleto de desertores
de varios países, además de aventureros y especuladores arrojados de Europa.
Rápidamente
Trotsky comienza a vislumbrar en Cravan una peculiar inteligencia: “Propaga
ideas Nietzcheanas […] Hace observaciones que no están fuera de lugar.” Se da
cuenta que ese atleta sabe inglés, francés, alemán, italiano, griego antiguo y
hasta declara “¡y cómo lo sabe!-. Está estudiando español y se ocupa de música”.
Esa cualidad políglota de Cravan forma parte de su polifacética personalidad,
múltiple; misma que refleja en las siguientes palabras:
“Quisiera
estar en Viena y en Calcuta,
Tomar
todos los trenes y todos los barcos,
Fornicar
con todas las mujeres y devorar
Todos
los platos.
Mundano,
químico, puta, borracho,
Músico,
obrero, pintor, acróbata actor;
Viejo,
niño, estafador, pillo, ángel y
Fiestero;
millonario burgués, cactus,
Jirafa
o cuervo;
Cobarde,
héroe, negro, simio, Don Juan,
Padrote,
lord, campesino, cazador,
Industrial,
Flora
y Fauna:
¡Soy
todas la cosas, todos los hombres y
Todos
los animales!”
Los
días y las noches en altamar han sido tranquilos. Los hijos de Trotsky corren a
lo largo y ancho del trasatlántico: “El barco, abarrotado de pasajeros, abre a
los pequeños un extraordinario campo de observaciones. Me hacen copartícipe de
sus impresiones, varias veces al día, y con frecuencia me admiran sus ideas y
su lenguaje.”
En
cuanto se acercan a América, Trotsky recordará: “Cuando hubimos pasado Terra
Nova el tiempo cambió de repente: viento, después lluvia. El barco empezó a
cabecear y a balancearse en serio y alguien faltó a la comida. Luego la cosa se
puso peor. El Montserrat cruje, bucea y traga agua. En cubierta algunos
solitarios. El boxeador se balancea, haciendo aforismos geniales:
-
¿Qué es el océano? Un vacío esférico, lleno de agua salada, embravecida… Un
poeta francés llamaba al mar “viejo solterón”. ¡Sea; pero lo cierto es que
impone, marea y hace vomitar!”. Seguramente Trotsky ríe a carcajadas, mientras Cravan se queja y reflexiona en su embriaguez de alcohol y marejadas.
Son
las tres de la mañana del domingo 13 de enero. Trotsky recuerda: “Entramos en
Nueva York. Dan las tres de la madrugada. Nos levantamos. Está obscuro. Frío,
viento, lluvia. Atraca un vaporcito postal al nuestro. Se rompen las amarras y
por poco no se deshace contra el Montserrat. Gritos. Amanece. En el puerto,
holgado durante la guerra, hay aún muchos navíos. Cielo gris sobre el agua
verde-gris. Gotas de lluvia. El barco se pone de nuevo en movimiento. Orillas
veladas por la niebla. Arboledas de invierno. Edificios de puerto. Todo predice
la gigantesca mole que por ahora se oculta aún en el amanecer brumoso.” Por su
parte, desde algún lugar del barco, Arthur Cravan divisa el nuevo horizonte y
piensa:
“El
ritmo del océano mece los trasatlánticos
Y
en el aire los gases bailan como trompos,
[…]
Avanzan
como osos, los Atléticos marineros.
¡Nueva
York!, ¡Nueva York! ¡Quisiera habitarte!”
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No
sólo coinciden estos dos personajes en su travesía en altamar, sus vidas aunque
distantes entre sí, presentan algunos parecidos. En Nueva York, cada uno se
dedica a dar conferencias y a escribir. Trotsky se integró al equipo de
emigrados rusos que publicaba el diario
Novy Mir (Nuevo Mundo), al cual pertenecían los bolcheviques Nicolái Bujarin,
Aleksandra Kolontái y V. Volodarsky. Asombrado por esa “prosaica capital del
automatismo capitalista”, Trotsky alquiló una habitación en el Bronx: “El cuarto nos costaba diez y
ocho dólares al mes y tenía una serie de comodidades inconcebibles para un
europeo: luz eléctrica, cocina de gas, cuarto de baño, teléfono, montacargas
automático para los víveres y otro para bajar el cubo de la basura. Todo esto
conquistó en seguida para Nueva York la simpatía de nuestros muchachos. Durante
algún tiempo, el teléfono fue el centro de su actividad. Ni en Viena ni en
París habíamos tenido en casa este artefacto guerrero.”
Por
su parte, Cravan continuó escribiendo y dando conferencias; se dice que en una de ellas, disparó al aire para “sacar a la
concurrencia de su cómodo tedio natural”. En una ocasión, invitado por Francis
Picabia y Marcel Duchamp para disertar en el Salón de los Independientes en
Nueva York, Cravan dio una conferencia en la que destaca su dote “performancero”:
mientras hablaba, de pronto comenzó a moverse bailando lentamente hasta que todo
se convirtió en un ralo striptease. Todo ello provocó un escándalo entre los
asistentes y tuvieron que interrumpir el evento.
Si
bien, a Trotsky se le conocía por su seriedad, no por ello surgirían varias
especulaciones acerca de su actividad en los dos meses que estuvo en Nueva
York. Se hablaba de que había sido sastre, lavaplatos en un restaurante, y la
más peculiar de estas historias, fue la que se publicó en el New York Herald Tribune algunos años después,
en ella se afirmaba que Trotsky había fungido como “jefe de estación” en una
película titulada “Mi esposa oficial”, el autor de este texto dice que como
actor era un fiasco: sin personalidad ni sex
appeal.
Al
entrar Estados Unidos a la guerra, Arthur Cravan decidió continuar su viaje
hacia la nada y se dirige a México en 1918, en pleno movimiento revolucionario.
Se instala en la Ciudad de México, en manos de los carrancistas y renta una
habitación del Hotel Juárez sobre la calle de Tacuba. También se asocia con
Enrique Ugartechea, a quien se le reconoce como el inventor de la lucha libre,
dueño además, de la “Escuela de Cultura Física”. Mina Loy, otro personaje que
merece un espacio propio, alcanza a Cravan ya embarazada de éste. Aquí se da
cuenta que tanto el movimiento armado, así como la vida llena de deudas por
parte de Cravan no le garantizan la tranquilidad necesaria como para dar a luz
y decide partir a Buenos Aires, en donde Cravan la alcanzaría después de haber
pagado sus deudas en México. El desenlace de esta historia es por demás
conocida. Arhur Cravan, el poeta-boxeador se dirige a Veracruz, ahí roba una pequeña
embarcación y parte a altamar con la loca idea de llegar a Buenos Aires. Enrique
Vila-Matas dice que “su mejor obra fue desaparecer, sin dejar huella alguna, en
aguas de México”.
Por
otro lado, León Trotsky regresa a Rusia en plena efervescencia revolucionaria y
ahí protagonizará la revolución más importante del siglo XX, y la defensa de
ésta como jefe del ejército rojo. Con la muerte de Lenin, y la degeneración burocrática del joven estado obrero, el poder recae en manos de Stalin. Hubo una férrea lucha contra ello; sin embargo, las purgas orquestadas por Stalin debilitaron a la fracción de oposición de izquierda que lideraba Trotsky. Finalmente en 1929 es
expulsado de la Unión Soviética. A partir de entonces emprendió un largo exilio
que lo llevó por Asia, Europa y América. No ha habido personaje que haya
sufrido destierro semejante como este hombre, a quien se le vio como una amenaza
por sus ideas revolucionarias. Stalin hizo todo lo posible para acabar con este
revolucionario, matando y obligando al suicidio a toda su estirpe. ¿Qué consecuencias
anímicas podría traer esto a Trotsky y a su esposa Nathalia?
Gracias a que intercede ante el gobierno, la antropóloga
e historiadora Anita Brenner entre otros artistas e intelectuales, León Trotsky es aceptado en México en 1937, después de que muchos países le negaron la entrada. Tres años después y
con el antecedente de tentativa de homicidio por parte de Siqueiros, Trotsky
fue asesinado en su casa de Coyoacán al enterrarle un piolet en la cabeza, Ramón
Mercader, partidario de Stalin. De esta manera se daría fin a la vida del
Profeta armado, desarmado y desterrado… y porqué no, “deslenguado” como
tiernamente lo apodaba Carlos González Lobo, el arquitecto.
Tanto
Cravan como Trotsky tuvieron el desenlace de sus vidas en México. El primero formó parte de
la revolución del arte en el siglo XX; el segundo, de la revolución social con
mayor impacto en la historia del mismo siglo. Arte y revolución no están
peleados, aunque a veces sus caminos parezcan distantes. Alguna vez Trotsky
comentó que Cravan “había nacido para luchar en la arena de los circos; pero no
en los campos de batalla”, he aquí el epitafio para este escrito.
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